Deslaves

¿Miedo? – preguntó, mirándole la piel curtida por un barro seco que más nunca podría lavar.

Si, a volver a oír el rumor de las piedras, sus voces advirtiendo que harían camino.

Diciembre de 1999. La lluvia tenaz azotaba el territorio de la costa norte occidental de Venezuela,  en Caracas también llovía. Un nueva consulta popular, para aprobar o no la constitución impulsada por el chavismo, estaba en el calendario. Las alertas por las lluvias comenzaron la primera semana de diciembre. Defensa civil insistía en la toma de medidas, el gobierno desestimó el llamado. Solo pudo atender la emergencia, cuando ya era una tragedia. Los deslaves e inundaciones se sucedieron unos a otros. El peor desastre natural en años en el país. Aunque nunca hubo cifras oficiales los desparecidos, fallecidos, damnificados y desplazados se contaran por siempre en miles. Las perdidas, además de millonarias, fueron un deslave en el corazón del ciudadano venezolano.

El eco de fondo de la tragedia no solo eran las piedras, el caudal arrasando todo a su paso y el llanto; la voz de Chávez, desistiendo de suspender los comicios por la emergencia y destinar recursos a socorrer las zonas de alto riesgo, tronó, parafraseando la lamentable frase de Bolívar cuando el terremoto de 1812, “si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”.

¿Miedo? – preguntó, y acto seguido sintió el picor del gas nuevamente amarrando su garganta.

Si – respondió, advirtiendo el sonido seco, sin rebote, de los perdigones en su cuerpo.

Abril de 2002 – a Miraflores- gritaban los miles de ciudadanos reunidos, tras días sostenidos de paro cívico, emprendiendo la marcha hasta la sede del poder. La masacre de una multitud inadvertida, las manifestaciones del alto mando militar, la renuncia y huida de Chávez, los manejos turbios, las juramentaciones antidemocráticas, la incertidumbre. El regreso de Hugo Chávez al poder, más deseoso que nunca de hacer del resentimiento la bandera de su gobierno.

2012, 2014, 2018, cuantos dosmiles caben en la insistencia democrática de un país, cuantos perdigones, torturas, desapariciones muertos y lágrimas caben en la historia contra una tiranía.

¿Miedo? – preguntó, con las lágrimas salando otra vez la mascarilla.

Si – respondió, ahogando la tos – a no verle nunca más.

Estamos en cuarentena. Practicamos el año pasado, cuando un apagón dejó a oscuras a más del 90% del país.  Ahora una pandemia mundial nos confina nuevamente a nuestros hogares. No hay gasolina, comienzan a escasear ciertos rubros, nuevamente se trafica con lo más indispensable. No hay suministro de agua. Los cerros de Caracas arden, tanto como las victimas que caen por Covid 19. Nunca el aire fue más denso en este país. Médicos, enfermeras, bomberos, periodistas trabajan con lo poco que cuentan, son los héroes silenciosos, la primera línea de ataque; los que además deben ocultar cifras, bajar la cabeza ante un poder mayúsculo, obsceno, que traga todo a su paso. Comienzan a  verse pases de circulación, ya no salvoconductos, sino restricciones peligrosas de movilidad en el territorio. El poder tiene la yugular expuesta, patalea y en el berrinche golpea lo que encuentra.

¿Miedo? – preguntó, como buscando la sensación en su registro, en el archivo de lo vivido, sabiendo que desde hace rato la vulnerabilidad se le hizo piso, techo y pared.

No – respondió con el aliento tatuado por la esperanza.

Adriana G.

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