El asquerosito

Jesús Millán

Hay que hacer una aclaratoria: no existe una bala fría “ligera”. No, de todas-todas, imposible, además de inadmisible. Los popularmente llamados asquerositos, tienen su razón de ser al estar diseñados malintencionadamente para convertirse en pequeñas bombas de colesterol aderezadas con mezclas imposibles de carbohidratos, contenidos pobres en proteínas y con alguna delicia del chef mezclada en el aceite de freír utilizado en las noches anteriores y que vuelve a debutar radiante y chirriante en las noches subsiguientes.

Así, como si fuera un juego de la ruleta rusa gastronómica, o un salto en benji culinario, usted mismo decide los ingredientes que taponarán sutilmente sus arterias día tras día, o que harán que sus valores hematológicos se hallen en la disyuntiva entre tocar a la puerta de la muerte súbita o acampar cómodamente en el coma diabético.

De esta manera, como ovejas dispuestas al matadero, vemos grupos abigarrados de hambrientos clientes apretujados literalmente alrededor de fotografías tamaño pendón, donde se caracterizan a todo color las especialidades de la casa, cada una con apariencia más apetitosa que la que le precede. Como hipnotizados, los felices aspirantes a la hipercolesterolemia detallan con total fruición los manjares ofrecidos por el más destartalado de los carritos de comida rápida, pero que despide olores cuasi feromonales, que hacen brincar de placer al sistema límbico de sus cerebros.

Veremos entonces a los clientes al borde del orgasmo gastronómico, en éxtasis ante las pornográficas fotografías que muestran un sensual hilo de grasa que baja provocador por las leves pendientes ondulantes de la doble carne de hamburguesa nominada como “matasuegras”; o quedarán con la boca abierta ante la imagen obscena de una tormenta indetenible de queso amarillo rallado que se bate furiosa contra una salchicha polaca afrentada por tres salsas, a la que llaman “el perro salvaje”.

Más allá, alguien vocea desde un tarantín la irresistible oferta de “el rompecachos”, un monstruo culinario de proporciones ingentes, compuesto por una hamburguesa talla kingsize, confeccionada con una libra y media de carne, tomate, lechuga, cebolla, pepinillos, trocitos de pollo, tocineta, queso, y por supuesto, un huevo, todo ello adornado bellamente como una escultura del museo vaticano, con un contorno de papas fritas.

Y lo mejor de todo: las salsas… sí, las deliciosas salsas, cremosas, coloridas, sensuales en su textura y sabor, que se pueden escoger de un extenso surtido embutido a la fuerza en ese pequeño espacio imposible que queda entre el cocinero, la plancha y el cliente. De allí habrá para escoger, entre la mayonesa, mostaza, ketchup, queso, ajo, cebolla y picante, desde donde el cliente puede empezar a crear como el pintor delante del lienzo, usando solamente su imaginación.

Por si fuera poco, tenemos también esas malévolas apuestas por parte del vendedor callejero para que el viandante arriesgue su dinero, su autoestima, y cómo no, la integridad de las paredes estomacales, para desafiar la imponente muralla de ingredientes, que conforman el omnipresente plato-imposible-de-comer de cada carrito a lo largo y ancho del país, sibilinamente dispuesto con todos sus adornos por parte del cocinero, para que nadie se lo coma.  

Aunque por tradición y nombradía resulta bastante difícil clasificarla como “asquerosito, la arepa rellena puede considerarse como parte de la aristocracia de la comida callejera. Si bien ya no sorprenden las mezclas de salsas y rellenos disponibles, aún la capacidad de asombro puede ser rebasada al presenciar la irresponsable propuesta del negocio de hacer una arepa, que junto con mezclar al mismo tiempo jamón, queso, mortadela, tocino, carne, pollo o chuleta, ensalada, y las consabidas salsas rosada, tártara, de queso y ajo, tiene como bandera insignia un flamante huevo frito que coronará triunfante el desatino gastronómico, absolutamente incompatible con la vida humana.

Y dentro del repertorio, existe uno de los misterios nunca develados en el arte de la comida callejera venezolana: por alguna razón que no conocemos, resultará imposible reproducir en nuestras casas ese sabor entre dulzón, salado y ácido de la comida de carrito. Las investigaciones realizadas han tratado de replicar en condiciones de laboratorio exactamente el mismo patrón de trasvase de los ingredientes: pan de perro/hamburguesa, salchicha/carne/pollo/chuletón, repollo, lechuga, cebolla, papitas y huevo (vuelta otra vez), quedando el queso rallado y las salsas a discreción del comensal.

Los autores no se ponen de acuerdo todavía con respecto a algunos detalles, tales como: si la cebolla va antes del repollo; si el óxido de la lata incide en el sabor del huevo frito en plancha; si el cubito se echa al agua de las salchichas desde el comienzo o al hervir; si debe dejarse parte de esa grasita hirviente que suena “chisss-chisss” cuando le pasan la espátula a la plancha caliente; si el corte de las cebollas debe hacerse en el mismo pote mal lavado donde se echa el agua del balde; o si hay que limpiar con más frecuencia el cuchillo con el que se cortó al mismo tiempo el pan, la bolsa de las papitas, el mecatillo del cartón de huevos, el papel de envolver, y de paso, con que se destapan los refrescos.

Pensamos que la respuesta está en el trapo sucio del carrito, que es el mismo que se utiliza para limpiarlo, agarrar el pan, lavar la cava, y secarse las manos.

@PegandoCeros

Bala fría: http://www.miropopic.com/n57/Cuidado-con-una-bala-fria

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