Chancla y correa

Hay un importante elemento disuasorio en la aplicación de cualquier castigo: la inminencia de su cumplimiento. Todos los estudios psicológicos y de comportamiento humano, inclusive los empresariales, basan los fundamentos básicos de un sistema de premio-castigo, en una premisa inquebrantable: si lo promete, cúmplalo.

Debemos admitir hasta con nostalgia, que ya pasaron los tiempos en que con una sola “pelada” de ojos de parte de uno de los padres, bastaba para helar la sangre y arrugar el espíritu del pequeño infractor, quien desde el inicio ya sabía lo que le esperaba apenas se llegara a casa, o que la visita se fuera de ella.

A estas alturas hay personas que aún a la distancia de los años, todavía les corre un frío por la espina dorsal al recordar a aquella tía margariteña (o gocha, o carupanera, el cariño era el mismo),  solterona, resabiada y feroz, que soltaba unos gritos aterradores apenas los juegos infantiles cruzaban la delgada línea divisoria entre la inocente travesura y la desfachatada trapisonda.

Dicha señora tenía su equivalente en la siempre recordada y querida escuelita, donde una veterana y curtida maestra normalista (o un cura salesiano, o una monja del Sagrado Corazón, qué más da), quien además de su sabiduría y tenaz aplicación, demostraba sobre nuestras tiernas carnes el experimentado manejo de la regla de madera, alcanzado luego de tantos años de arduo magisterio.

Pero no se crean que se trataba de cualquier regla de madera, ¡no señorrrrr! Era el arquetipo de las máquinas de tortura de la Santa Inquisición, casi una reliquia venerada como los clavos de Cristo, que gobernaba intimidante el salón desde su puesto principal en el escritorio de nuestra docta preceptora. Aún la recuerdo: larga, oscura y pesada, como la espada de algún ángel diabólico forjada en los fuegos del averno.  

Y como si fuera un karma itinerante o una maldición traspuesta, el hecho de ser alcanzado, siquiera rozado, por este fantástico artilugio en horas de clase, implicaba la automática reedición del castigo apenas llegar a casa, pues la versada pedagoga sumaba preces a nuestro infortunio, añadiendo una cínica notita en nuestro cuaderno de tareas, con fecha del día: “señor/señora: su hijo se portó mal en clases”. Leída esa única línea, era como escuchar “en off” las carcajadas de la vieja desgraciada retumbando en nuestro cerebro.

No está de más recordar los viejos clásicos que no nos dejan mal, como el nunca bien recibido cachetón, que más de un rostro cruzó y más de una lágrima hizo verter entre la chiquillada. Un modo de castigo donde privaba la certera rapidez, su limpia ejecución y la economía de esfuerzos. No requería mayores rituales ni ceremonias, sino que el infractor estuviera al alcance del largo del brazo, que la paciencia estuviera lo suficientemente colmada… y venga, que lo demás se daba por añadidura.

Si la cuestión requería de un tanto más de contundencia, se convertía en un coscorrón, dado con toda la contundencia del caso, de preferencia hacia las zonas frontal u occipital del cráneo. Pero ¡ay de ti! que se te ocurriera esquivar el guantazo, pues al rato vendría otro de vuelta, imitando la perfecta mecánica de un experimentado peso pluma y con zancada adicional hacia adelante, solo para asegurar el blanco.

De uso también muy extendido era la famosísima chancla, recurso muy habitual entre la población de madres, especialmente en su estilo de lanzamiento libre, cuya efectividad era indiscutida dado el porcentaje de aciertos y la posibilidad de alcanzar su objetivo desde ángulos claramente imposibles, de acuerdo con la habilidad materna en su ejecución. Y hay que decirlo, rara vez fallaban.

Todos nosotros, en algún momento de nuestras vidas, recordamos como después de perder la cuenta de las advertencias previas y ya en el extremo del hartazgo parental, venía hacia nosotros describiendo una parábola altiva y triunfante una chancla talla 38, endiabladamente certera y aliñada con perversa puntería.

Ya para el momento del postrero avistamiento no había nada qué hacer, sino aguantar el golpe y ver como se esfumaban los últimos restos de nuestra arrogancia infantil y las ganas de echar varillas, esperando indefensos el remate, que se traducía en una suerte de carga de caballería, pero ahora sí, empuñando el arma letal a corta distancia. Eso sí: no se tomaban prisioneros.

Por supuesto, no podemos dejar de lado a la archiconocida y siempre temida correa. Un símbolo de autoridad y mando, cuyo uso representaba prácticamente el último recurso al que se apelaba a la hora de disciplinar arrebatos y amansar voluntades rebeldes. Nada más desmoralizante que ver una correa deslizarse sibilante de las trabillas del pantalón para ser empuñada y enrollada en la mano de preferencia, para luego salir disparada y latigueante en dirección a las partes blandas del cuerpo.

Actualmente nos reiríamos a carcajadas por la gracia, pero nada era más escalofriante en nuestra infancia que escapar inútilmente dándole vueltas a la mesa o al sofá, mientras el padre desde más atrás calculaba fríamente el momento en que se nos acabaran las piernas o el mueble, lo que ocurriera primero.

@ElMalMoncho

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