La Fuerza de la Naturaleza

Un programa reciente de National Geographic Channel – Strange Rock, presentado por Will Smith y de excelente factura – que presenta la evolución de la tierra y la vida en ella, desde la interesante perspectiva de los astronautas que han visto la casa que habitamos más allá de nuestra protectora atmósfera, nos ha mostrado como la naturaleza de este planeta y de las especies que lo habitan, tienen en su camino evolutivo y cargado en su ADN, la violencia de las fuerzas que los conforman. La evolución de nuestra hermosa bolita ha sido moldeada por el choque de energías y circunstancias, que por lo demás no tienen nada de azarosas, aunque así lo parezcan. La verdad es que rudeza, interconexión y precisión han hecho posible el ciclo interminable de vida. Nacer, crecer, mutar y evolucionar en este planeta es un asunto de relojería suiza, y cada evento está atado a otro, sea algo abrupto como un terremoto, o prolongado como el crecimiento de la hierba.

Las fuerzas opuestas, los elementos encontrándose, mezclándose, devorándose o en simbiosis perfecta, son la esencia de todo lo que nos circunda; una pulsión recurrente que configura las especies. Nuestra historia evolutiva, la biológica, pero también la social, religiosa, política y cultural nos muestra como ese choque de fuerzas, es el motor que ha impulsado todo lo que ha creado la humanidad. Incluso el amor, es una fuerza demoledora y omnipresente, que ha derribado todos los muros que podíamos haber construidos.

Meteoritos, volcanes, maremotos, glaciares, desplazamientos, tales han sido las fuerzas ingobernables que nos han traído hasta acá, junto al aporte humano, tan hostil como la naturaleza que nos define: crucifixión, inquisición, guerras, cruzadas, revoluciones, las fuerzas que nosotros hemos sumado a este mundo cambiante y abrupto. Pacientes, activos, tolerantes, amorosos, tiernos, tóxicos, irreverentes, tales son las energías que nos habitan, en consonancia con la impredecible naturaleza que nos arropa. Nadie puede evitar la herencia burbujeante que lleva dentro y le rodea.

Hay una fuerza de gravedad, interacción fundamental de la naturaleza,  la atracción que ejerce la Tierra sobre los cuerpos y objetos que reposan en su superficie, nosotros incluidos, que nos mantiene  a la distancia necesaria del sol y atados a la luna; una fuerza que predomina inexplicablemente a través de enormes distancias.  Hay una capa gaseosa y protectora que llamamos atmósfera, o simplemente aire… oxigeno, nitrógeno y argón sin forma definida, ni color… (como dice la famosa canción de Mecano, 1984), químicamente perfecta, con el grosor exacto, ni un milímetro más, ni uno menos.  Hay electromagnetismo, agujeros negros y un candente centro en el núcleo del globo terráqueo. Todo perfectamente orquestado, incluso el desastre, el dolor y la intemperie.

Nuestro planeta, esta  extraña roca que navega en el espacio – la galaxia en la que vivimos, la Vía Láctea, está siendo empujada a través del universo por una gran fuerza invisible – es un mecanismo perfecto para contener, precipitar y dispensar una energía viva y presente en nuestro día a día. Son las mismas fuerzas las que se generan en el océano por la actividad de un volcán, que las que prodigan la transformación de una sociedad, tras un consenso que los integrantes consideran pertinente; o la misma fuerza que ha llevado a minorías, oprimidos y victimas de injusticias,  a hacerse presente en determinado momento de la historia.

Todo está en movimiento, la Tierra está rotando sobre su eje y en órbita alrededor del sol. El sol y el resto de nuestro sistema solar orbitan alrededor del centro de la Vía Láctea y nuestra galaxia corre a través del espacio a unos 2 millones de kilómetros por hora, mientras la sangre corre por nuestras venas.

Estamos hechos de elementos precursores, abrasivos, ubicuos y desencadenantes, y hemos evolucionado reflexivos, incluyentes, forjadores, flexibles y adaptables, por dentro y por fuera, aquí en la tierra como en el cielo.  Parece sensato confiar, y dejarnos llevar, por las fuerzas ingobernables que nos moldean. No oponer resistencia a la esencia que nos ha traído hasta aquí, y serle fiel  estando siempre en movimiento.

Adriana G.

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