Teatro de Navidad

Recuerdo que ya hace tiempo, como por el mes de octubre, los padres en todos los colegios de Venezuela, recibían aterrorizados la circular que sentenciaría su destino durante los siguientes meses antes de la navidad. En dicha circular, redactada en un modelo estándar, media página y letra mecanografiada, podía leerse un mensaje que decía, palabras más, palabras menos, algo como: “por medio de la presente, le participamos que Miguelito/Eduardito/Vanessita, ha sido elegido para participar en la obra de navideña del colegio, por lo que se le convoca a una reunión el día tal para discutir los detalles”.

A partir de ese momento, comenzaba una vorágine de acontecimientos que implicaban un vuelco absoluto y total de la rutina familia, hacia las artes escénicas y musicales a nivel escolar. En medio de la sorpresa general, los padres asombrados se preguntaban de dónde su dulce retoño podía haber sacado tales o cuales cualidades histriónicas-musicales, como para haber sido elegido entre la multitud de otros chicos que quizás pudieran también a aspirar a hacer sus primeros pininos en los tablones del teatro colegial.

De esta manera, los escépticos padres de Miguelito le daban vueltas al asunto e indagaban sobre las recién descubiertas habilidades musicales del niño, que durante tanto tiempo había mantenido ocultas, tanto así que desde hacía ya un buen tiempo habían tirado la toalla en lo que respecta a las clases de cuatro, órgano y guitarra, luego del fatídico veredicto emitido por el profesor: “su hijo tiene una muela en cada oído”.

Luego de sobreponerse a la sorpresa inicial, los aún escépticos padres asistían a la fulana reunión organizativa, y allí se enteraban que en realidad se trataba de “que siendo una celebración enmarcada dentro del espíritu navideño y con el fin de estrechar los lazos entre la comunidad educativa…”, resulta que en realidad todos los chicos de la clase habían sido escogidos para una representación grupal y multitudinaria, donde individualmente se distinguirían tanto como el desgastado decorado de fondo que adornaba el añejo auditorio.

Por supuesto, no todo es tan trágico. Muchas familias orgullosas de su recién descubierta talentosa descendencia, asumirían el reto como un incentivo para desarrollar el espíritu estético de sus retoños, y cómo no, darle una vitrina a sus cualidades artísticas. El problema radicaba en que las demás familias, orgullosas a su vez de sus respectivos vástagos, también comenzarían a pujar por hacer notar sus también valiosas cualidades.

A partir de allí, comenzaría entonces una competencia silenciosa, soterrada pero feroz, donde prevalecerá el más fuerte, o por lo menos el que logre convencer a la respectiva maestra del prodigio artístico que tiene entre manos.

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Y como todos los años, las maestras ponían manos a la obra, dedicando todo su empeño didáctico para lograr un espectáculo más o menos fluido, donde por lo menos se lograra que todos los niños pudieran dar una vuelta completa a la cuenta del “1, 2, 3, 4”, sin perder el ritmo ni la letra de la canción. Y también como todos los años, las mismas maestras sabían que recibirían el tenaz asedio de las señoras que no escatimarían medios ni acciones para hacer prevalecer el talento de su prole por encima del trabajo del resto del colectivo.

Los siguientes dos meses, pasarían por el peor de los infiernos, donde además de lo poco que paga el Magisterio, serían el blanco de una mezcla de halagos, obsequiosas atenciones y descaradas amenazas por parte de amantísimas, aunque enloquecidas madres, que darían la vida y hasta el presupuesto familiar, por lanzar al estrellato a su adorado tesoro.

03121096De esta manera, la mamá de Euridicita, señora que no portaba por el colegio durante todo el año escolar, como por arte de magia empezaba a asistir a los ensayos del viernes en la tarde, montando guardia en la puerta del salón de clases, como si de un escolta de personalidades se tratara. Por si fuera poco, sutilmente al principio pero luego con un atrevimiento rayano en la impertinencia, se dedicaba a sugerir nuevos pasos de baile en el espectáculo musical, o nuevos parlamentos en la obra de teatro, claro está, en el afán de darle protagonismo a su niña, en detrimento del espíritu de grupo y de la paciencia de las demás madres, afanadas también en enfocar la atención en sus respectivos representados.

Los principales problemas se presentaban siempre durante los ensayos del nacimiento viviente. Si bien el relato religioso es bien sencillo y muy puntual en cuanto a los protagonismos, jamás la historia de la cristiandad vio desfilar ante sus ojos tal multitud de Santos Josés y Marías, que pugnaban por un sitio en el pesebre de cartón piedra, y entre una mula y un buey dibujados surrealistamente sobre un fondo de tela de color gris, donde pendía además una tambaleante estrella de Belén que había visto tiempos mejores.

Los papeles menos cotizados eran los de pastores, que si bien eran parte de la historia, su heroico anonimato no convenía a ciertas aspiraciones protagónicas. En cuanto al ángel Gabriel y los Reyes Magos, eran apariciones fugaces que curiosamente siempre se las daban a las niñas del salón, y nunca supimos por qué, aún cuando las extravagantes barbas falsas de estos últimos, hacían un contraste gracioso con las también falsas voces que exigían dichos papeles.

Por supuesto, el papel del Niño Jesús se le asignaba a algún bebecito, que casi siempre participaba su inasistencia minutos antes del inicio de la obra, ya sea porque tenía fiebre, le estaban saliendo los dientes, o simplemente no hallaban la forma de separarlo de la madre.

Ya habíamos hablado de Euridicita, escogida por decisión unánime para protagonizar la presentación de fin de año, quien durante todo el período escolar no faltó a ningún acto cultural de la escuela y era escogida indefectiblemente en cada presentación por todas sus habilidades histriónicas y de animación.

Resulta que antes de la función navideña, la niña empieza a llorar avergonzada y dominada por los nervios. No existe voluntad humana que la haga representar el papel de Virgen María; y como medida extrema, la maestra decide incluir a Teresita, que hacía de pastorcita, pero que se sabía al pelo el papel protagónico, en medo de la trifulca armada por las respectivas madres, una histerizada al ver como se alejaba la oportunidad del protagónico, y la otra pugnando por hacer entrar en el papel velozmente a la circunstancial protagonista, antes de que alguien se arrepintiera.

Está también Rupertico, a quien a última hora se le desgarró el disfraz de Rey Mago, teniendo las maestras que apelar a los buenos oficios del tirro, una caja de clips y la pega en barra, para mantener en su lugar una espada árabe, una barba postiza y la caja contentiva del oro de mentira, que sobresalía por debajo.

La crispación de los nervios llega al máximo cuando el Niño Jesús no llega, pues lo tienen en la oficina de la dirección en medio de un berrinche porque se le pasó la hora del tetero. Para completar, la maestra Consuelo de quinto grado lucha valerosamente para mantener el orden en medio de una rebelión de ángeles, a los cuales les pica el traje por igual, tienen calor y todos preguntan por su mamá.

Al final, los padres emocionados y al borde de las lágrimas, aplauden apasionadamente el performance de sus retoños, equiparándolos a las actuaciones de “Lo que el viento se llevó”, o por lo menos a un episodio de la novela de las 9 pm.

Jesús Millán 

@PegandoCeros

 

 

 

 

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