¡Señora se le cayó el acento!

acentuaciónEsta que está aquí no acentúa. Nunca aprendí… por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, por eso ruego a la Real Academia de la Lengua y a San Acento irredento, patrono de los “desancentuados”. Ojo que no tengo mala ortografía, Ave María todo lo contrario, me precio (vaya mi ego por delante) de buen verbo y léxico. Pero yo la aguda, la grave y la llana nunca me las tragué. Las esdrújulas ni les cuento, además de fastidiosas, exóticas.

De manera que he pasado parte de mi vida expresándome por escrito en la lengua de Cervantes, omitiendo tildes. ¡Cosas veredes Sancho! La culpa no es enteramente mía, mira que llamarse acento y apellidarse prosódico, o diacrítico, hace su parte para caer antipático.

Ahora que atrevidamente comparto lo que escribo aquí en Multisápidas, estoy obligada a cuidar mis gazapos, pues sin duda las buenas maneras ortográficas enaltecen nuestro hermoso español y hay que cuidar forma y contenido. Pero sigo siendo una rebelde sin sílaba tónica y como nuestro querido Gabriel García Márquez soy partidaria de liberar a nuestra lengua de los fierros de tanta regla.

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En 1997, en el Congreso Nacional de la Lengua Español  (México),  el Gabo tomó el estrado para leer el texto Botella de mar para el dios de las palabras (título por demás hermoso). En el mismo, García Márquez dio sus impresiones sobre el idioma de Cervantes ante la inminente entrada al siglo XXI. (Extractos)

“La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna.

Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global… Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión.

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario.

Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver”.

Portada_de_la_Ortografía_de_la_lengua_castellana_(1775)Ante la lluvia de comentarios, criticas, adiciones y dimes y diretes, el Gabo precisó en una entrevista posterior: “Dije que la gramática debería simplificarse, y este verbo, según el Diccionario de la Academia, significa hacer más sencilla, más fácil o menos complicada una cosa. Pasando por alto el hecho de que esa definición dice tres veces lo mismo, es muy distinto lo que dije que lo que dicen que dije. También dije que humanicemos las leyes de la gramática. Y humanizar, según el mismo diccionario, tiene dos acepciones. La primera: hacer a alguien o algo humano, familiar o afable. La segunda, en pronominal: Ablandarse, desenojarse, hacerse benigno. ¿Dónde está el pecado?”.

Alguien me soltó una vez que cuando se encontraba con un texto no acentuado, paraba la lectura, pues ya no le merecía la pena. Acepté mi balde de agua fría, con todo el respeto y consideración que me merece quien nos lee, porque ciertamente nuestros español es hermoso,  bien dicho y escrito es sonoro y musical y porque es muy desagradable ver una mala ortografía rodando sin compasión. Y confieso que hay errores ortográficos indigestos, asi como lecturas de igual catadura. Pero no por ello desecho  hermosos textos que  por falla de forma, no necesariamente  han perdido su contenido. Cuando se trata de estilos  soy una defensora irreductible del beneficio de la duda.

SaramagoOtro de mis escritores favoritos José Saramago y también Premio Nobel, tiene una forma particular de escribir.  Su prosa es continua, con un sinfín de comas y emplea mayúsculas para indicar diálogos sin otra transición que la coma misma. Saramago no usa signos de exclamación e interrogación, ni guion de diálogo, o los dos puntos. En diversas oportunidades precisó: “La verdad es que quien se enfrenta con un libro mío, en especial con las novelas, se encuentra en una situación un poco complicada porque yo eliminé toda puntuación. Incluso cuando aparece un punto o una coma, no son señales de puntuación sino son señales de pausa al igual que en la música. Pienso, por lo menos yo lo tengo claro (aunque tampoco quiero que todo el mundo piense igual), pienso que nosotros hablamos como si estuviéramos haciendo música porque la música y la palabra, el hecho de hablar, se hace con sonidos y con pausas. Cuando yo elimino, prácticamente, toda la puntuación busco que el lector no lea pasivamente sino que construya el texto, gracias a esa voz que debe estar escuchando. Yo propongo al lector un texto incompleto. Aunque todas las palabras que yo quiero se encuentran allí, el texto está incompleto porque le falta esa convención que son los signos de puntuación. El lector cuando lee, debe saber qué está leyendo para recibir todo lo que hay en el texto. Aunque, a primera vista parezca oculto, está allí, si él puede escuchar la voz que habla dentro de su cabeza. El escritor igual que el pintor o el músico, va borrando los rastros que dejó; razón por la que el lector tendrá que abrir una ruta, una huella que jamás coincidirá con la del escritor. Serán otras dudas, otras pausas, otras hipótesis…. tome las palabras, péselas, mézalas, vea la manera como se unen, lo que expresan, descifre el airecillo bellaco con que dicen una cosa por otra y venga a decirme si no se siente mejor después de haberlas desollado. A las palabras hay que arrancarles la piel. No hay otra manera para entender de qué están hechas”. 

En un chat en el que participo se debate  lo siguiente sobre Saramago:  …”encontrarme 30 o 40 páginas sin un punto es algo que me maravilla. Es tremendamente difícil de hacer, conseguir que la lectura fluya, que no se haga pesada, que leas esas decenas de páginas y ni siquiera hayas notado que no había puntos. Es de las cosas más increíbles que puede conseguir un novelista. Y si además, como hace García Márquez en El otoño del patriarca, consigues ir cambiando de narrador, también sin puntos, es una pura maravilla. Pero creo que si hablamos de romper con normas, personalmente me quedo con Miguel Ángel Asturias, quien no duda en destrozar la sintaxis y la lengua al servicio del sonido, y lo hace de una forma maravillosa, además de muy sólida novelísticamente hablando”. Coincido.

arturo-pérez-reverteArturo Pérez-Reverte, por otro lado es defensor acérrimo de la correcta ortografía:  “La Ortografía de la lengua española es una de las más claras, precisas, útiles y admirables del mundo. Algo de lo que realmente sí podemos estar orgullosos. Deberíamos conocerla bien, lo que no es difícil, y cuidarla como un tesoro”. Con gran presencia en los medios, Pérez-Reverte se ha enfrascado en no pocas batallas en las redes, en defensa de la adecuada custodia de nuestro sagrado español.

Apunto, solo por echarle leña al fuego, que Jane Austen, que parecía tan  perfeccionista, escribía fatal, y lo mismo pasaba con Hemingway, quien además no admitía tal. Se dice también que Faulkner,  William Butler Yeats, Marcel Proust y Gertrude Stein tenían y aceptaban sus gazapos y que  Scott Fitzgerald entrecomillaba sus dudas, para hacerle más fácil la tarea a los editores.

jimenezEl Premio Nobel (1956), Juan Ramón Jiménez ha sido de los mas irreverentes: “Se me pide que escriba algo  sobre mis ideas ortográficas; o mejor dicho, se me pide que esplique por qué escribo yo con jota las palabras en “ge”, “gi”; por qué suprimo las “b”, las “p”, etc., en palabras como “oscuro”, “setiembre”, etc., por qué uso “s” en vez de “x” en palabras como “excelentísimo”, etc.
Primero, por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil. Luego, porque creo que se debe escribir como se habla, y no hablar, en ningún caso, como se escribe. Después, por antipatía a lo pedante. ¿Qué necesidad hay de poner una diéresis en la “u” para escribir “vergüenza”? Nadie dice “excelentísimo” ni “séptima”, ni “transatlántico”, ni “obstáculo”, etc. Antiguamente la esclamación “Oh” se escribía sin “h”, como yo la escribo hoy, y “hombre” también. ¿Ya para qué necesita “hombre” la “h”; ni otra, “hembra”? ¿Le añade algo esa “h” a la mujer o al hombre? (…)
Mi jota es más hijiénica que la blanducha g, y yo me llamo Juan Jiménez y Jiménez viene de Eximenes, en donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo. Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida. (…)

Solo agrego, para cerrar, que dando por descontado la importancia de las reglas gramaticales y ortográficas, para expresar de la mejor manera posible aquello que queremos transmitir, no hay que ser pernicioso en la exactitud. Me sumo a privilegiar  más cadencia, que regla; más sentido que corrección y estilo, para no  permanecer al margen del dinamismo que tiene la lengua.  Y no duden en decirme ¡Señora se le cayó el acento!

Adriana G.

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