La historia de la tristeza

f9465f04be32b62df181d15e2c3bb61cEra pequeña, casi un punto. Una manchita tímida, asomando de vez en cuando. Hasta la recibió con orgullo los primeros días, un algo así como “que dueña soy de mis emociones”. Contrario al impulso primario que toda su vida tuvo y alimentó de desterrar tristezas, a punta de una energía y un optimismo infatigable,  tratando siempre de ser empática y coherente con las miserias de otros, desechando todo tufo de frustración o melancolía, repitiéndose desde siempre el mantra “la tristeza no está en mi ADN”… aun así  la aceptó,  hasta de buena gana.

Se permitió  el conato de tristeza. Casi como un lujo emocional,  el ego le sugería que podía manejarla, y ella empeñada en la soberanía de sus sentimientos, puesto que otras soberanías las tenía negadas, le dio cabida sin recelo. Era pequeña, casi un punto. Una manchita tímida, asomando de vez en cuando. Breve e imperceptible a los demás.

41ac624c35c3886d2b3889880d59c754Le advertí – destiérrala – la primera, la segunda, en los momentos en que la sentía regodeada en la nostalgia – destiérrala- le sugerí. El ego de la tristeza es de una persistencia perniciosa. Agarró cuerpo, comenzó a nublar momentos cada vez más largos, le aupó a hacer recuentos de infortunios y negaciones pasadas, que no fueron nunca nada, contra el ahora disminuido empeño en la alegría. Traté siempre de llegar a tiempo, la sacudía, le espantaba la lágrima que se le hacía laguna en el pensamiento.

Por error de pésimas matemáticas se dejó sumar perezas, desencuentros y la sombra fue creciendo, ampliando espacio y espectro. La lágrima halló cuerpo en el ánimo, el ánimo se hizo llanto y el cansancio que sobrevenía a ambos alentaba el desconsuelo. No me ayudó la circunstancia. No podía negar que había justificadas razones para su tristeza, incluso algunas muy viejas que habíamos mutilado entre las dos, en el santo esfuerzo por ser alegres, por mantener nuestra inmaculada esperanza.

Ahora llora, constantemente,  tiene turbias las ganas y se desploma. La sombra le cubre  y una pena, incrustada en la nada de las razones que se crea, la han convertido en un reflejo transparente de la alegría que fue.

8ec656c2f385a5bc31e4ece5481bcab2--photo-black-white-black-and-whiteA mí misma me sorprende la cabalidad de esta sombra. Enmudece todo, incluso mi voz, que siempre fue altisonante. A mí que soy un hecho concreto en su ser, razonable y tenida por verdad incuestionable. Me siento, he de decirlo, blanda en la niebla que ahora la tiñe. Confieso incluso que es hermosa la manera en que esta tristeza nos toma, abrazo dulce y lacerante. He de reconocer que es una tristeza cálida, nada quejosa, se diluye en un lamento pulcro, austero. Debo confesar también que ahora ella, que ha sido siempre un remolino, con las palabras y los gestos tropezando en su cuerpo,  posee al fin esa distancia hacia todo que la hace etérea, distante y en apariencia serena. Si, sé que somos una triste sombra de lo que fuimos, pero no encuentro fuerzas ya para desterrarla yo tampoco, ni tengo claro que eso en realidad nos haga más felices.

Adriana G

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