¡Manifestar no es un delito!

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El jueves 29 de junio, iba a ser un día de protesta como cualquier otro: me desperté, me puse mi uniforme de marchas, y con un “cuídate” “claro, como siempre”, estaba lista para la jornada. A pesar de la lluvia, ahí estábamos, un grupo de estudiantes decididos a alzar nuestra voz, una vez más, por el país que tanto queremos. Ya en el Rosal, la represión era inminente. Fue cuestión de minutos para que empezara el merequetengue.

“Retrocedan un poco”. “Esperen”. “¡No se vayan!”. “¡Corran!”. “Ahí vienen”. “¡No corran!”. “Están por esta calle”. “La gente está corriendo por la Fco. De Miranda”. “¿Qué hacemos?”. “¿Seguimos?” “Seguimos”. “¡CORRAN! ¡CORRAN!”. Caos.

Parte del grupo de la USB (Universidad Simón Bolívar) vimos una entrada y corrimos a ella, algunos esperanzados a que fuese un edificio que abría sus puertas, otros resignados a que era un callejón sin salida, pues era la puerta al cajero automático del BOD.

 

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“Silencio, silencio”, “shhh”, decíamos algunos aún con la esperanza ingenua de que no nos vieran, o al menos pasáramos desapercibidos. “MANOS ARRIBA, SALGAN TODOS CON LAS MANOS ARRIBA”. Demasiado tarde. A partir de este momento, los estudiantes de la Universidad Simón Bolívar, junto con otros estudiantes, estábamos detenidos.

“¿No te duele el corazoncito cuando ves lo que nos están haciendo?” pregunté a una funcionaria sin saber exactamente qué respuesta esperaba. “¿Pero cómo hago?”, me respondió. Definitivamente no era esa la que esperaba.

Nunca olvidaré la mirada de varios de los que nos privaron de libertad. “Mírame a los ojos y dime qué hice”, les decía. Me conseguí con ojos tristes, con rabia, indignación. Miradas con almas rotas.

 

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El miedo, la culpa, la tristeza, el dolor, la rabia y la indignación me invadieron. El camión 350, que tantos corazones puso chiquitos, estaba lleno de estudiantes completamente armados, pero armados de ideales, de convicciones, de valores, de esperanza y mucha fuerza. Al parecer, ese es el mayor delito para este gobierno.

Nuestra detención, indiscutiblemente, fue injusta. Manifestar no es un delito. Querer una mejor Venezuela, no es un delito. Sin embargo, quiero agradecer a aquellos funcionarios que realmente cumplieron con su función. Hoy más que nunca sé que somos más los venezolanos honestos que queremos vivir mejor, y estoy segura que pronto lo lograremos. Y como les repetí varias veces: las buenas acciones, siempre, son tomadas en cuenta.

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Esta fue, sin duda, una experiencia que no me gustaría repetir, sin embargo, es una experiencia que espero no olvidar nunca. Y es que definitivamente uno no es lo que le pasa, sino lo que hace con lo que le pasa, y no queda más que aprender y seguir. En esta experiencia pusimos en práctica lo que es la tolerancia, la determinación, la bondad, la humildad, la perspicacia, la gratitud, la serenidad, el trabajo en equipo, la fe, la empatía, pero sobre todo, la lealtad y la generosidad.

A los 24 detenidos conmigo: gracias por sus sonrisas que decían “vamos a estar bien”, sin ni siquiera realmente saberlo. Gracias por sus historias, por sus ocurrencias, por sus valores. Gracias por sus palabras, por sus hombros y por sus abrazos. Gracias por recordarme cuál es la Venezuela que quiero y que cada vez estoy más convencida que tendremos. Ustedes se convirtieron en una familia para mí.

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A los 18 uesebistas que estuvieron conmigo, y a los muchos otros que, a pesar de no estar ahí junto a nosotros, siempre estuvieron en nuestros pensamientos y corazones: gracias por tanto, no hubiese podido desear tener un equipo más maravilloso que ustedes. Gracias por su confianza, compromiso y lealtad, y disculpen lo malo. Ustedes son mi familia que “no corre pero tampoco pasea”. Estoy muy orgullosa de ustedes y los admiro mucho.

A mis familiares, amigos y profesores: no encuentro palabras para agradecer todo lo que hicieron por nosotros. Saber que ustedes estaban ahí nos ayudó a mantener nuestro ánimo y frente en alto. Me siento sumamente afortunada y agradecida por conocer a personas tan fantásticas como cada uno de ustedes. Precisamente, ustedes son mi motivo para salir a protestar por el país que anhelo. Ustedes son mi energía y mi fuerza.
Minutos antes de que el juez sentenciara libertad plena, una alguacil me hizo una pregunta clave: “¿y no te da miedo salir a protestar?”. Mi respuesta fue clara y sin dudas: “Sí, pero me da más miedo no salir y no poder recuperar ni construir el país que quiero”.

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Hoy mis convicciones, ideales y principios siguen intactos. Mis ganas por quedarme y construir la Venezuela que tanto sueño, son más fuertes que nunca. No existen esposas ni celdas que encierren mi compromiso con el país.
Hoy más que nunca estoy orgullosa de ser Patricia Pilar Rodríguez Campos, marista de corazón, bailarina y, por supuesto, alumna hoy pero uesebista siempre.
Por último, gracias al juez por cumplirle a la democracia.

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¡Gracias Venezuela!

 

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