Las Crónicas desobedientes de Ramona Bolero

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III

2241Ramón Poleo ha sido minero, edecán, guerrillero, promiscuo y corrupto. El resentimiento y su voraz apetito sexual han sido el par de motores que lo han impulsado a lo largo de su vida y ciertamente su vida toda ha sido un  acto impulsivo, ora de rabia, allá de lujuria, más acá de  algún sentimiento poco noble.  Aun hoy  a sus 90 años,  su vida discurre por el entendimiento breve que le ha nublado la mente desde que tiene uso de razón: la vergüenza y la rabia de haber sido un hijo natural y negado, escondido y negreado… “en sus propias palabras”, me acotó Ramona, la única vez que me echo el cuento. Cuando Ramona habla de su padre también un velo innoble le nubla la mirada, no llora… “me saca la piedra llorar”,  pero una tristeza inusual en ella le enmudece.

Kapüy Cataneo era la hija menor de  Ramón Cataneo, el capitán general de El Casabe, una de  las minas cercanas a San Francisco de la Paragua  en las que los pemones kamaracotos  mantenían el orden y control. Los Cataneo, venidos del Valle de Kamarata,  se asentaron allí buscando mejores opciones para ella, única hija hembra, educada por las monjas dominicas instaladas en Kamarata.  En San Francisco de la Paragua, un pueblo de mineros abrasado por el amarillo del sol y el rojo ferroso de esas tierras, se había instalado una escuelita, paupérrima pero escuelita al fin, donde los hijos de todos se mezclaban: mineros, comerciantes de oro y balatá, militares, pemones, algunos kariñas, yekuanas y mapoyos. Los militares y la Guardia Nacional allí asentados dominaban el negocio minero, a punta de muerte y macoya, tratando de imponer unas maneras al negocio, que además de ilegales y llenas de corruptelas, iba en contra de la natural relación de las etnias propias del lugar con su entorno. El ambiente por tanto era siempre tenso y forjado, abusivo y depredador.

Allí y en tales condiciones conoció Kapüy, a sus 14 años,  a Ignacio Poleo, un rubio alto y fornido, un catire guapo y bien hablado, simpático y chancero, nada rudo y determinante, cuando de mandar y dirigir el pequeño emporio familiar se trataba. Su padre era un Coronel, retirado y corrupto que capitaneaba San Francisco y había hecho real con el oro y los diamantes extraídos de la zona. Ignacio vivía en Ciudad Bolívar, con el resto de la familia, pero cada vez más se venía a San Francisco y pasaba buena temporadas, aprendiendo el negocio sucio del padre. Ignacio tenía 19 años, una naturaleza naturalmente pausada y una soledad de espíritu incipiente. En los planes de sus padre estaban mandarlo a Caracas a la Universidad, pues  cabían todas las dudas sobre los talentos del muchacho para mandonear obreros, peones, soldados y a la gente en general, a quienes por naturaleza le costaba tratar como subalternos. Tenía además una fascinación, una fijación con la belleza áspera del lugar, con los encantos salvajes de esos caseríos pobremente domados, defendía la necesidad de respetar los entornos agrestes y naturales de la selva, de las costumbres de sus etnias y no era amigo de planes y proyectos para cambiar esa dinámica.

menina_indigena_mato_grosso_do_sul_brasil_by_domcabral-d5phceeKapüy era una muchachita  inteligente, con la correcta educación (católica, apostólica y romana) recibida por las monjitas dominicas de Kamarata, mas allá de eso no tenía otra cosa que le destacara, salvo la autoridad que su padre detentaba en el Casabe, y que era puesta a prueba cada día por la dinámica violenta y prostibularia que imponían la extracción y comercio del oro, el diamante y el balatá, lo más comercializado de la zona y porque además la figura de Capitán General asignada a Ramón Cataneo,  era llevada y asumida muy democráticamente por los pemones. Tenía Kapüy la belleza propia de su juventud y los rasgos de su etnia fundidos con una dulzura que le salía a borbotones por los ojitos avispados. Ignacio se prendo de la muchacha y sin malas mañas, con el permiso y visto bueno requerido por Ramón Cataneo, este le ofreció su hija para que se la llevara a su casa y lo atendiera, condición única de que la muchachita pudiera continuar estudiando, requerimiento realmente de Sor María Manuela, que a pesar del horror que le causaba que se dispensaran a la niña con solo 14 años contados, no tenía más voto que como guía docente de Kapüy,  y esta la verdad por delante,  estaba flotando alelada, enamorada del catire, y asombrada de que ese hombre le quisiera montar una casa. Sor María Manuela estaba muy consciente que  las estructuras tradicionales de la cultura pemon se habían transformado, justamente por la influencia de misioneros, de toda cata, que como ella habían venido a iluminar, a quienes no lo necesitaban,  pero además  el matrimonio pemon no tenía rito alguno, la convivencia era el sacramento mismo.

Otra historia se colaba por los lados de Ignacio. A Rubén Poleo, uno de los militares más corruptos que ha conocido San Francisco, le parecía lógico que el muchacho se buscara su natural desahogo para las temporadas que allí pasaba, tanto mejor si en vez de las mujeres de todo pelo y color del puticlub del pueblo, lo hacía con la hija de Ramón Cataneo, que aunque más de un encontronazo habían tenido por los negocios de minería ilegal de Rubén, se sabía que Ramón era hombre sensato y pacífico, respetado por todos en El Casabe, San Francisco de la Paragua y las minas circundantes.  El sería, por lo demás beneficiario de primera mano de las labores de Kapüy en la casa, y aunque no tenía claro en qué momento Ignacio y Kapüy se habían conocido y frecuentado,  poco le importaba.  María Antonieta de Poleo, sin embargo, pondría todos los reparos habidos y por haber,  cuando se enteró que su hijo vivía “arrejuntado” con una india y  pretendió agarrar  rumbo hacia San Francisco,  dispuesta a finiquitar el tal concubinato.

Kapüy había visto a Ignacio por primera vez de camino a la escuelita. Los fines de semana se quedaba en El Casabe y entre semana se quedaba en la escuelita con Sor María Manuela, ayudándola con los más pequeños y con las misas que la misma Sor daba en las tardes, a falta de curita asignado. La segunda vez, cruzo un par de palabras con él. Ignacio le había llevado a la Sor unos libros que se había traído de Ciudad Bolívar, para colaborar con la escuelita, quien le atendió fue Kapüy y fue justamente su nombre lo que llamo la atención de Ignacio, pues los pemones usaban nombres comunes, Kapüy le explico que fue insistencia de su madre llamarla así. Ya después se hicieron frecuentes las visitas de Ignacio a la escuelita, hasta a misa entro más de una tarde, encantado por las chispitas de ojos de Kapüy y sus diligencias con los más pequeños. A ella cada vez le parecía más alto y más simpático aquel catire bonito  y tan conversador. Nadie nunca pudo precisar, menos Ramona que recibió la historia de tercera mano, como surgió querencia alguna entre dos personas tan diferentes, pero lo cierto fue que al cabo de  sus 15 años,   Kapüy se halló mudándose del Casabe a la casa de los Poleo en San Francisco de la Paragua y aunque no se encontraba en su ambiente natural, la cercanía de la escuelita y Sor María Manuela mitigaban las dudas que ella y sus padres pudieran albergar. No hacía falta más trámite para los pemones que la convivencia misma, para considerar a una mujer unida a un hombre, y la consumación definitiva, a vista de todos, se daría cuando ella tuviese su primer hijo.  Plegada a los deseos y el cariño honesto que le ofrecía Ignacio, Kapüy se fue habituando a su rutina de mujer casada, cumpliendo con sus deberes de ama de casa, sumisa y animosamente.

Ramona insistía en sus dudas sobre la veracidad de esta versión edulcorada que habría pasado de su bisabuelo a su padre, de su padre a su madre, en muy pocas oportunidades y escuetamente, porque a Ramón Bolero poco le gustaba contar nada de su pasado,  y de Mercedes a ella… “algo ha de haberse perdido en el camino, apuesto que la versión misma de Kapüy, que en vano trate de recuperar”.

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Pasado un año de convivencia… “y mansa servidumbre”, insistía Ramona,   la panza de Kapüy Cataneo comenzo a crever sin remedio.

De Ciudad Bolívar llego María Teresa, quien finalmente logro vencer las negativas y se presentó en San Francisco, a poner orden en la vida de  Ignacio… “ni de vaina dejo que una india me joda la vida de mi hijo”, le había jurado al marido,  y a Rubén Poleo no le quedó otra que recibirla en contra de su voluntad,  porque no la quería cerca, pues él tenía su vida dispuestas entre las puticas del pueblo y la atención esmerada de Kapüy, que justo era decirlo lo trataba con mucho respeto y consideración y  Ruben le había tomado cariño.

A la llegada de María Teresa Poleo la vida, hasta ahora tranquila de Kapüy se hizo un infierno. María Teresa repudiaba  su aspecto aindiado, y aunque reconocía para si lo aplicada que era en la casa, le hacía sentir a Kapüy todo lo contrario,  insistiendo en un descuido que no era tal y en un cansancio que la muchacha no sentía, de esta manera y excusándose en el embarazo y en la ausencia de Sor María Manuela, le quito a Kapüy lo que más le gustaba, ayudar a las monjas en la escuelita. Triste, Kapüy se halló sin más oficio que el de atender a los Poleos, ahora con las exigencias de María Antonieta, quien además  decidió cambiarle el nombre, por uno más presentable y le dio por mentarla Petra Poleo, para terminar llamándola, con toda la mala sangre que podía acumular en su voz, Petrica, cosa que entristeció muchísimo mas a la muchacha, a quien de golpe le borraron nombre y oficio favorito y que no tenía defensa alguna ante las mañas de su suegra. Poca resistencia o ninguna encontró además María Antonieta en las opiniones de Ignacio y Rubén.  Como parte de sus planes para sacar a Ignacio de San Francisco y de la vida de Kapüy se inventó dolencias terribles, unos desmayos casi epilépticos que le prodigaban la consideración de todos, incluida Kapüy, y que requerían que el hijo la escoltase a Ciudad Bolívar y permaneciera con ella un tiempo. Rubén Poleo con ganas de sacudírsela nuevamente,  ayudo insistiendo en la partida y todos, de alguna manera atormentados por la presencia apabullante de María Teresa terminaron cediendo. Para solventar la tristeza de los tórtolos por la separación, casi a un mes del parto, organizo que Kapüy se fuese a parir al Valle de Kamarata, en compañía de su madre y Sor María Manuela, donde además había  un buen médico para atenderla.

El preludio pues, de tanto mal genio en Ramón Bolero  fue el agrio recuerdo de María Teresa en el ánimo de Kapuy, la humillación por los meses agónicos en que insolentemente fue mentada Petrica Poleo y el dolor propio de la separación, pues habían construido ella e Ignacio una relación tranquila y alegre, llena de silencios y compresión de las inclinaciones naturales de uno y el otro. 

Un parto complicado, donde nada pudo hacerse por Kapüy, quién falleció a los dos días de haber parido dolorosamente a un bebe inmenso que le desgarro el alma, y la ausencia definitiva de Ignacio, que nunca más regresó  San Francisco sumido en la tristeza por la muerte de su mujer y la rabia por la manipulación de la madre,  instalándose en Caracas de manera definitiva, fueron la bienvenida austera que recibió Ramón al nacer. En esa soledad, de no tener para recibirle como es debido ni al padre ni a la madre, vino al mundo Ramón Cataneo, así bautizado por sus abuelos maternos.

Paso sus años de niño, entre el Casabe y San Francisco, donde iba cada tanto con su abuelo Ramón a visitar a Rubén Poleo, quien lo  reconoció como nieto, pero ilegítimo y le negó el apellido, motivo de pocas burlas en el pueblo, porque tempranamente dio muestras Ramón de su mala leche y se despachaba a golpes a quien se metiera con él. Su parecido con Ignacio era increíble y quizá el abuelo por ello mismo fue cediendo a medida que el muchacho crecía y se hacía hombre, Rubén le descubrió temprano la audacia y la astucia para los negocios y a los 16 se lo trajo casi obligado del Casabe a San Francisco, para que aprendiera el negocio. No había rastro alguno de Kapüy en el, nada que le recordara a nadie a su infortunada madre. En muy pocas ocasiones Rubén, muy borracho, o muy asustado por el cáncer que ya le comía las vísceras, le echaba el cuento justo y sincero de los amores de Ignacio Poleo y Kapüy Cataneo.

Fue Ramón mejor aprendiz que su padre, en todo, se convirtió en la mano derecha de su abuelo, quien sin reconocerlo como legítimo, le tenía consideración y respeto. Detrás de la negación del apellido estaba María Teresa, que había terminado por depositar en Ramón, toda la distancia y toda la rabia que le había tenido a la india y a Ignacio por abandonarlos.  A los 18 años de Ramón, con Rubén ya muy desmejorado, este le exigió al viejo que tomara precaución y le cediera por lo menos parte de los negocios, que no había nadie más en el panorama para hacerlo, ni de la familia, ni cercana a ella. A los 20 de Ramón, con la tragedia por la muerte de Ignacio en un accidente de tránsito minando las pocas fuerzas de Rubén y en un intento por reparar lo que no tenía reparación, pero compensaría al menos  el esfuerzo que el muchacho le ponía al negocio,  le otorgó los poderes, con toda amplitud, de la empresa a nombre de su difunto padre, que manejaba buena parte del comercio del oro y el balatá de la zona. Con ello ya podría, si seguía Ramón por el buen camino que llevaba, hacerse de su propia fortuna. Fue requerido para ello que se le reconociera como hijo natural de Ignacio. A Ramón poco le importaba el apellido Poleo, así  como llevaba el  Cataneo a falta de cualquier otro.

La verdad era que Ramón era una fuerza de la naturaleza, un espíritu forjado en esa jungla real en la que se desenvolvía y en la de los negocios que manejaba. Era un lince con los reales, se olía las trampas y los guisos, y era realmente indiferente a sus dos familias. Veía poco a su familia materna y no compartía sus costumbres y tradiciones, respetaba el aplomo con el que su abuelo Ramón siempre había sabido llevar las cosas y las pocas veces que se encontraban tenían largas y honestas conversaciones, donde su abuelo trataba, casi siempre en vano, de inculcarle un poco del honor de su familia y su etnia, de darle a conocer algo de la vida de su madre. Tampoco tenía mayor inclinación por la paterna, de quien solo conocía a Rubén, quien además le había tratado como un capataz, apreciado y respetado, pero capataz al fin.  No se reconocía a sí mismo ni como Cataneo, ni como Poleo… “mi historia comienza conmigo mismo”, decía a quien se atreviera a juzgar el uso acomodaticio que hacía de ambos apellidos, pues para algunos negocios era Poleo y para otros Cataneo, según se mirara la ganancia o la complicación en la trampa. Era además un hombre fuerte, curtido de sol y sombras, buen mozo e insaciable… “escondan sus mujeres y muchachas, llego Ramón Bolero, no hay totona que salve”… era la chanza con la que era recibido donde llegaba.

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Así se había bautizado una tarde, bebido y endemoniado por un traspié con unos garimpeiros, en el prostíbulo de Concepción Berrios, quién siempre le reclamaba que nada más llegar al lugar se apoderaba de la Rockola y la inutilizaba programándole cuanto bolero encontraba, único rasgo romántico de aquel hombre, que podía estar horas, inclinado frente al aparato, cantando aquellas canciones rasgadas y pegajosas de amores imposibles y ausencias extraordinarias. Era quizá un honor inadvertido, que le prodigaba al amor de sus padres, pensaba Concepción, que por manosearlo desde hacía años le había visto en una oportunidad en la cartera, una foto bien gastada de Petrica Poleo.

A sus 28 años, con una identidad hecha a su medida, donde se presentaba a quien pudiera interesar como Ramón Bolero, sin mujer fija y varias casas donde era recibido a cuerpo de rey y sin restricciones, conoció a Mercedes Paiva y se enamoró, con ese impulso masivo y cardíaco que motivó todos los actos de su vida… “la presencia demoledora de aquel hombrazo inutilizo a mi madre, desde el momento mismo en que la conoció, pero ese es otro cuento”, me dijo Ramona al finalizar… “solo te pido que si de verdad algún día escribes sobre esto, no dejes de precisar la historia de mi abuela, martirizada como Petrica Poleo, pero enterrada en Kamarata como Kapüy Cataneo”.

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