Las Crónicas desobedientes de Ramona Bolero II

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II

Recordaba vívidamente esa tarde. Era una niña, pero incluso podía recordar el olor dulzón y rebelde del merey pasado caído en el suelo del patio. El olor del anacardo y su niñez eran una misma cosa. Su tía Hipólita y el mazapán de merey eran una misma cosa. Esa tarde todo había sido una misma cosa y lo ocurrido agarro textura con el correr de los años.

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Las tardes eran de mejillas rosadas, de un bochorno curtido y aletargado que invadía todo, especialmente la cocina, que se mecía a otro ritmo. Las mañanas eran alegres, olorosas a clavos de especie, romero y nuez moscada, pancitos dulces dorados y redondos, saliendo de los hornos junto a las acemitas y los golfeados, todos fragantes con su semilla de  anís incrustada. Los desayunos y almuerzos de su casa eran copiosos y famosos. Su mamá y la tía Hipólita preparaban en los fogones el condumio para la casa, para la visita constante  y dulcería criolla de todo tipo y aroma, por encargo y por placer, porque dinero no hacia falta en casa. Desde muy pequeña las acompañaba en esos menesteres de la cocina. Le otorgaban pequeñas labores, lavar verduras y frutas, sacar semillitas, cernir harina… “Lástima”, me dijo en una ocasión, “iba por buen camino, al final no aprendí nada, detesto la cocina”.

Aquella mañana, como todas, fue a la cocina por su desayuno. Ese día sería de corredera, como todos en los que su tía preparaba el mazapán. El recuerdo nítido del mazapán, me decía,  venía a su boca que se le hacía agua entre el dulce y amargo. El mazapán de merey era para Ramona dos cosas: su tía Hipólita y Narciso Mujica, su ilusión más linda de muchacha, el romance más genuino de su vida y el guayabo más sentido que pudo haber vivido.

En el patio de su casa había dos matas de merey. Desde pequeña había detestado el olor de la fruta que era en extremo astringente y penetrante, pero nunca imagino que ese olor rudo de la fruta se convertiría en una memoria malcriada, capaz de superar el dulce sabor del mazapán, hasta desterrarlo de sus placeres.

Con la nuez del anacardo…”el cucurucho almendrado de la fruta”, como le llamaba Hipólita,  hacia su tía el famoso mazapán. La receta era de familia, de los tiempos de una tía-abuela monja venida de España al Convento de las Mercedes en Caracas, casada su abuela, en primeras nupcias, con un guayanés, el mazapán otrora de almendras de la tía monja, se comenzó a preparar con la semilla del merey. Hipólita y Mercedes, su mamá, cocinaban de todo y todo se les daba bien sabroso, pero los dulces eran asunto de Hipólita, era a ella a quien se le daban en su punto y su especialidad era el mazapán. Su mamá no tenía paciencia para paletas y batidas, para Hipólita era un rito que disfrutaba y engullía a la par que preparaba. Sus caderas parecían crecer cada día y se tongoneaban con el movimiento de paleta, mientras silbaba un repertorio florido de guarachas, merengues y boleros.

imagesNarciso Mujica adoraba el mazapán de Hipólita. Tenía mi edad, 17 y estábamos los dos en el 5to año de educación media, nos gustamos desde el primer día que nos vimos y no desaprovechábamos oportunidad para hacer tareas y trabajos en equipo, la excusa perfecta para encerrarnos en el cuarto, justo a la hora de la siesta y darnos besos babosos y prolongados. Llenos de paciencia y un deseo espeso, de a cuenta gotas. Pasábamos rato mirándonos, dándonos piquitos, jurungándonos los cuerpos, con un placer tibio y resbaladizo. Alarico nos aupaba y se hizo cómplice de Narciso, quien no sospechaba que el padrino, con otras demandas, también me instruía en tales delicias. Pero eso era otra cosa, aun a mis 17 notaba las diferencias, intuía las urgencias y el deseo de uno y otro. Alarico era como un maestro, me gustaba, me enseñaba, me escondía, me malcriaba. A Narciso le quería, adoraba el olor de su piel, me divertía su inexperiencia, me desarmaba con su ternura y dulzura.

Esa mañana cuando aterrice en la mesa,  Hipólita ya trituraba las nueces de merey tostadas, para después mezclarlas con el papelón, la vainilla y los clavos de olor.  Mamá ocupada con los trastos del desayuno y adelantando lo del almuerzo  tenía los cachetes más colorados que nunca y de a ratos se le salían las lágrimas, sólitas, sin llanto aparente. No disimulaba el abatimiento. Yo a mis sencillos 7 años no entendía mucho, solo recogía frases sueltas, que solo después de años cobraron el sentido y el peso de sus acentos.

tamara-de-lempicka7No puede una mujer tener un día libre, algo de sosiego y descanso”, protestaba mi madre, y más tarde…“es una bestia”, dirigiéndose a la hermana. Hipólita asentía, asistía a los reclamos, le conminaba a descansar después del almuerzo…“terror le tengo ya a la siesta Hipólita, no me va a dejar, en lo que ese hombre me ve echada asume que quiero tirar”. Mi tía hacia silencio. Enmudecía, me doy cuenta ahora, que los años han ponderado el recuerdo. Después de un rato Hipólita dijo sin mucha ceremonia a la hermana “ve tranquila a tomar la siesta con la niña, déjame a Ramón que yo lo entretengo aquí en la cocina con cualquier pretexto”. Mercedes lloro nuevamente, abrazo a la hermana, afanada con la paleta y atajo mi reproche, pues los días de mazapán yo me quedaba en la cocina con mi tía.

Narciso se había venido a vivir a Ciudad Bolívar hacia tan solo un año. Venia de Caracas, solo con su mamá, y en secreto me había confesado  que sus papas se estaban divorciando. Vivían a tres casas de la mía y de inmediato nos hicimos amigos. La tía Hipólita nos hacia el transporte al colegio y prácticamente lo adopto…“ese pobre muchacho anda como abandonado”, decía de vez en cuando,  “que manía la de las mujeres de deprimirse por las rubieras de los maridos y descargarlas en el cuido excesivo o la dejadez de los hijos”, protestaba iracunda. Conversaban muchísimo, a él lo hipnotizaba la presencia fragante de Hipólita.

La mamá de Narciso murió año y medio después de llegar a Ciudad Bolívar, atormentada por la depresión post-divorcio, se tomó un frasco de pepas para dormir y entro, de hecho en el más profundo de los sueños. Narciso había pasado ese día en casa, era un sábado, nadamos un rato en la piscina, almorzamos y esperábamos por Hipólita para ir al cine. A diferencia de Alarico, que aupaba mis amores con Narciso con fines pedagógicos en lo amatorio, Hipólita era nuestra mayor alcahueta, con el único fin, estoy convencida, de creer aun en el romance, de albergar algo de esperanza por el amor en su corazón. Era una soltera dulce, que se babeaba por nuestros besos y arrumacos. Nos llevaba al cine, al club, de paseo, a picnics que ella misma organizaba, inventaba pretextos para que nadie nos interrumpiera en el cuarto y fue la más feliz el día que le dije en confidencia que ya no era virgen, suponiendo ella que era Narciso el amante.  Su entusiasmo fue tal que no pude interrumpirla y le deje creer que ciertamente Narciso era el autor material e intelectual de la perdida de mi virginidad. El del delito mayor era mi padrino Alarico, quien en un ataque de celos por el avance de Narciso en mi vida, decidió que después de tanto tiempo de entrenamiento, merecía ser quien catase los sabores de su maridaje. La que propicio a conciencia el momento fui yo, pues tenía claro que el recuerdo de mi primera vez no sería la torpeza de Narciso, siguiendo el manual de quién sabe qué.  No pude descorazonar a Hipólita y la deje creer. La tía aún era una mujer joven, tendría unos 32 años más o menos, pero había ganado un peso extremo, se le había marchitado la piel y el sueño,  y a veces parecía un merey pasado en el suelo, astringente e insoportable.

Esperábamos en la sala por Hipólita cuando urgido como nunca e ignorante de los acontecimientos de su casa, Narciso comenzó a decirme lo mucho que me amaba y deseaba. Intuí en su arremetida otras cosas. Había una expresión extraña en su rostro, me habló incluso de manera vulgar, trocando el sabor dulce de su voz en un tono espantoso que me hizo incorporarme del sofá y exigirle una explicación. Sin mediación de comentarios,  ni mayores rodeos me susurro al oído, de la manera más procaz que yo pudiera imaginar… “yo sé que eres una puta, yo sé lo que haces con tu padrino, ya los he visto dos veces, ustedes se esconde y creen que nadie se da cuenta, y lo que quiero es que antes de que él te coja, yo pueda reclamar lo que es mío, ¿si me entiendes?”. Estas palabras y no otra cosa fueron la causa del guayabo más grande que yo he experimentado. Ese “puta”, de Narciso me partió el alma. Que me tratase con tan poca estima, sentir su irrespeto,  me violento el orgullo por completo. La verguenza me recordó otro momento de igual humillación y angustia y me dolió tanto como esa tarde que aun tiñe mis ojos cuando se me atraviesa en la memoria.

f_10885416_1Acostadas en la cama para la siesta, ignorando mis quejas, con la cara estampada en la almohada, en un llanto largo y extrañamente sereno, Mercedes me agarro una mano y me dijo… “déjame llorar negrita, déjame llorar y descansar un rato. Hazme compañía un rato Ramona, ¿sí?, calladita mija que le cuesta” y al rato… “Ramona no permitas nunca que un hombre te apremie, te apure. Mija su cuerpo es suyo y usted le pone frecuencia,  y nunca deje que un hombre la trate como un cuerpo y mucho menos que le llame puta, eso nunca Ramona”. Que desesperación sentí aquella tarde de ver así a Mercedes, de hablarme de cosas que no entendía, de obligarme a acompañarla, ya no a dormir,  sino a verla llorar. Solo se me ocurrió tomar el cepillo y peinarla, eso le encantaba, y capaz así por fin y se quedaba dormida. Pasado un rato estaba en efecto dormida, se veía linda y placida. Mamá era una hermosa mujer, pálida, no… “beige”, como decía Hipólita, delicada en gestos y maneras, de carácter nervioso y callado, abrasada por la presencia demoledora de papá.

Despaché a Narciso con un empujón. Corrí a mi cuarto, lloré amarga lo que resto del fin de semana, sorda a las preguntas de mamá y a los interrogatorios de Hipólita. Mi padre, él lo sabía no tenía vela en ese entierro. Y eso era realmente, mientras Narciso enterraba a su mamá, adolorido y asustado, yo lo enterraba a él en lo profundo de mi desprecio. Me mandaron al padrino a la habitación, a falta de padre a considerar. Alarico me consoló con seriedad y sin toqueteos, sabía jugar perfectamente el rol de padrino, y me prometió una paliza para Narciso, después que me explayé en los detalles…“nada serio, nada más para que no invente payasadas”, me aseguró. Así fue, una vez pasado velorio, entierro y novenario, Narciso recibió su saparapanda.

0b2d881297d2fe303edb870568a61addDormida Mercedes finalmente, me escabullí a la cocina, quería agarrar la paleta de Hipólita para lamer de a poquitos la pasta de merey pegada. Todo estaba quieto en casa, solo un sonido peculiar acompasaba el sopor vespertino, pero rápido distinguí que no era la bulla habitual de Hipólita, parecía que un animal torpe respiraba y un golpe seco le daba ritmo con su rebote. Entré a la cocina buscando a mi tía, estaba encaramada a la mesa, con las piernas abiertas y torcidas sobre papá. Ramón la empujaba contra la madera maciza, pero no parecía dolerle, la carne ancha de sus caderas brillaba y temblaba a cada golpe. El animal torpe que respiraba era mi padre sobre ella. Me quede paralizada, testigo inerte de algo que no entendía, pero que sospechaba infame, me lo decían mis lágrimas saladas en los cachetes. Solo después de un rato Hipólita alcanzo a verme…“Ramón la niña”, le dijo al animal que aun resoplaba sobre ella. Papá aparto su cuerpo enorme del de Hipólita, un colgajo extraño entre sus piernas pareció apuntarme por segundos, mientras se subía los pantalones. Resopló fuerte y frustrado… “después terminamos”, le dijo a Hipólita manoseándole una teta y paso a mi lado sin verme siquiera. A partir de allí se hizo casi invisible en mi vida. Hipólita se acercó y acariciándome el cabello me dijo… “más tarde Mercedes te explica mija, no pasa nada, tu mamá te explica”. Esa noche Mercedes trato de explicarle a su hija de 7 años, que su papa era un hombre grande y fuerte, con mucha energía y que ella no se daba sola para atenderlo y que siendo así la tía Hipólita la había querido ayudar. Con los años entendí que la explicación se la daba inútilmente a ella misma, que la energía de papá se descargaba en quien pudiese y que Hipólita nunca pudo perdonarse la deslealtad con Mercedes, convirtiéndose, como penitencia, en su sombra. Nunca más entre en la cocina. Nunca más comí mazapán de merey, el solo verlo me repugna.

Adriana G.

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