De la vida, el esplendor

 

Tulio Álvarez

 

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No hace falta un día para celebrar a la mujer. Quizás la definición del 8 de marzo, como fecha especial, tenga el sentido de concentrar toda la atención en la gran fórmula de la separación del género. Pero la manifestación de los deseos de un editor se asemeja a esas contribuciones voluntarias que a veces definen en los colegios, voy a dedicar estas líneas exclusivamente a la memoria familiar que tengo de ellas. No puede ser de otra forma, mi experiencia sentimental, al estilo Romeo & Julieta, fue excesivamente escasa para mí gusto. Pero como diría la única esposa, demasiado tarde para quejarte.

Si me limito a vivencias personales, me quedo con la bondad infinita, el amor eterno, la fuerza formidable y gritaría como Radamés a su Aída: “De mi pensamiento eres la Reina y de mi vida el Esplendor”. Me avergüenza confesarlo pero la visión que tengo de la mujer es netamente operática, las siento a todas como heroínas; al punto, lo confieso, me descubro ahora escribiendo mientras escucho a Madame Butterfly como trasfondo, sin que sea intencionado. Ese criterio se consolida al verlas luchar por sus familias ante el desastre de humanidad que hoy se presenta en Venezuela. En este país una mujer es doblemente víctima, sufren por ellas mismas y lo hacen también por los demás.

De donde yo vengo ni existía ni existe una consciencia del grado de orfandad del pueblo. El mundo del oriental verdadero, para mí limitado al área que comienza desde Puerto Píritu pasando por Paria y culminando en la boca del Orinoco, se circunscribe al disfrute inconsciente de un mar abierto a la máxima de vida y a un entorno natural de riqueza infinita. Pero el contraste entre tanta belleza y la miseria que destila de las rancherías y barriadas era demasiado chocante para pasar desapercibido, inclusive para un niño. Hoy la situación ha empeorado dramáticamente.

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El Carúpano de mi juventud era un conglomerado humano que puede servir de modelo para demostrar las ambigüedades del término pobreza. Aunque en mi momento las diferencias sociales eran mínimas, al menos en la propia percepción y en el sentir de los que me rodeaban. El desarrollo económico que una vez se disfrutó en la Península de Paria; y, específicamente, en esa ciudad, por la comercialización del café y cacao, podía definir una disparidad en la órbita económica, con especiales consecuencias sociales por una educación a la que algunos, los que habían acumulado recursos, podían acceder.

Si alguien me llegara a preguntar, ¿quién es el pobre más pobre con el que te has relacionado y compartido?; la respuesta sería inmediata, por supuesto, mi Abuela Yaya, léase Dalia Ramos, en realidad fue mi bisabuela. Ella lo era de verdad, en todas sus dimensiones. Con ella no había que preguntar de qué tipo de pobre estábamos hablando. Para ella, cualquiera era rico. Su pobreza no solo se basaba en carencias, no se trataba siquiera de la inexistencia de lo básico para subsistir; era una pobreza histórica, generacional, la de quien desconoce otra forma de vida y si la conociera no quisiera vivirla. Esa es la realidad de la mayoría de las mujeres de este país.

La cantata de mi abuela Otilia, su hija, era la misma. Para que vivir en El Morro, tierra de sinverguenzuras, si podía vivir con ella, en su casa. Y que conste que mi abuela también era una mujer pobre, la vende empanadas de la Plaza Santa Rosa, la misma que con mucho esfuerzo y trabajo levantó un pequeño negocio que le permitió criar a tres hijas, como era lo normal en esos lares.

Por razón desconocida, quizás porque la bisabuela era más laxa en costumbres, a mí me encantaba ir al Morro y estar con ella. Era un secreto a voces en mi casa, la vieja vivía con un novio mucho menor que ella, un señor regordete de unos setenta años que era una especie de carpintero. Ella vendía conservas, cuando las hacía. El dinero era algo extraño y su supervivencia estaba más en el pescado que le regalaban todas las tardes, cuando regresaban las pequeñas lanchas pesqueras a pocos metros de su rancho. La mayoría de los pescadores eran sus ahijados o protegidos, porque ella tenía fama de ser una mujer con poderes que “leía el tabaco”.

Comienzo con ella porque es el personaje que me creó una primera conciencia de valía de la gente humilde, la que me enseñó lo irrelevante de lo material y la que me hizo sentir integrante de una comunidad     que se sabía minusválida pero que, así y todo, luchaba por su propia subsistencia. Me llevó de la mano por su mundo especial y me hizo entender a los que subsisten con todas sus carencias. Y es una marca que llevó hasta el día de hoy, cuando me doy cuenta que el pobre era yo.

Pero Otilia, mi abuela e hija de Dalia, me dio otro don. Irradiando amor, supo demostrar una fortaleza que hasta hoy admiro. Mi bisabuela no podía dejar de ser pobre; en cambio, la abuela luchó con firmeza para dejar de serlo. Se sabía limitada, como su madre no sabía leer o escribir; pero trabajó toda su vida por lograr que sus hijas se superaran. Y para ella el valor supremo eran los estudios. Mi madre fue la que llegó más lejos al entrar a la UCV para estudiar Diplomacia y lo hubiera logrado si no se hubiera casado.

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De manera que mi experiencia vital fue la de un marcado matriarcado con ausencia absoluta de los “hombres de la casa”, a Dios gracias. Una forma de entender la realidad en la que la pobreza no me era extraña; al contrario, me acompañaba sin siquiera sentirla. Hicieron nacer en mí un ansia, quizás hasta enfermiza, dirigida a lograr la superación personal a toda costa. La referencia era la familia, no una comunidad superior.

Y por esas cosas de la vida mi mundo es femenino. Una Esposa, varias Madres, las mejores Tías, Hermanas sublimes, dos Hijas y ahora, en el empecinamiento de Dios por bendecirme, aparece Maia con la sonrisa más fulgurante que jamás imaginé conocer. Entonces, me pregunto, ¿qué significado tiene el 8 de marzo para mí? Muy simple, me dio una oportunidad para escribir obligado sobre lo que en realidad es el único tema que me interesa y que nunca lo hago por coyunturas preferentes, en apariencia. Quisiera cambiar el sentido de ese homenaje. El 8 de marzo debería ser el Día del Hombre que tiene la gloria de amar a una mujer; de la vida, el esplendor.

@tulioalvarez

DE LA VIDA, EL ESPLENDOR – Tulio Álvarez

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