Las crónicas desobedientes de Ramona Bolero

Bitácora amatoria en cómodas cuotas

 

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Conocí a Ramona hace unos años. Éramos las mejores vecinas. Ella estaba en trámites de divorcio de su quinto marido, un viudo bizco con quien me cruce en alguna oportunidad,  y vivía con Alfonzo, un muchacho en extremo nervioso y dependiente. Nos frecuentamos casi a diario por un año, mientras yo, recién casada, esperaba a mi primer hijo. Los años eran huellas en su piel y rastros en sus ojos. Era una mujer hermosa a quien nunca pude calcular la edad. Hizo de su vida un cuento franco y placentero, lleno de detalles y sensaciones desconocidas para mí y me pidió que lo escribiera algún día. La última vez que la vi me dio un beso largo y suave. Nunca más la pude olvidar.

I

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Ramona ya no tenía deseos de verlo más. Sabía que el encuentro sería amargo e incluso un mal polvo. Pero la costumbre de sus pasos y la certeza de la quincena apuraron el trance. Mientras la sentencia de divorcio no fuese definitiva y no contara con una cantidad estipulada y fija de manutención, para ella y los dos canes que  habían criado juntos, y que Viriato había accedido a pagar, tendría que atenerse a estos encuentros con su futuro ex. El mal rato estaba garantizado, el drama, la misma conversación infructuosa y redonda que rebota sin llegar a ninguna parte. De todos sus amores, y contaba sus amores entre legales e ilegales, casuales, duraderos o furtivos, Viriato había sido el más consecuente y el más aburrido.

Igual la necesidad de asegurar algo de cash era imperativa. Despilfarradora como era, estaba considerando seriamente domar su estilo de vida, porque ya ni los amantes eran como antes, la crisis era lo más democrático del socialismo del siglo XXI, la escasez de recursos era nacional. Por lo menos hasta que otro prospecto serio apareciera en el escenario debía precisar sus gastos. Esa misma noche saldría con un viudo, beodo y bizco que gustaba de llevarla a locales oscuros hediondos a sexo sudado y manoseado. El viejo Tulio tomaba como un cosaco, su cara estaba hinchada y roja y se reía con estrépito, pero de una manera que no lograba definir Tulio Márquez le procuraba gran placer y goce. El esmero del señor era incuestionable y sus  destrezas tales que Ramona las detallaba, con pelos y señales, pues siempre insistía en que las buenas técnicas amatorias era menester compartirlas, para la cultura general del género… “mucha infelicidad de la mujer viene de la mala cama mija, hay mujeres que en su vida se las han cogido como es debido”. Ramona era procaz, grosera, atrevida, generosa, hermosa, amable y en su vida ha permitido que nadie la llame puta, excepción de su madre… “que por parirme y amarme,  tenía derecho a llamarme como quisiera”.

tamara-de-lempicka-portrait-de-jeune-femme-en-bleuMientras se calzaba sus tacones rojos y brillantes pensó nuevamente en la necesidad de regular sus gastos y de precisar al viejo Tulio, la frecuencia haría que el viejo fuese más generoso. Ella era una mujer independiente, su padre le había dejado una pequeña fortuna que había sabido administrar y que le permitía una vida cómoda. Pero acostumbrada a dejarse mimar por amantes y maridos, nunca como ahora había estado tan consciente de lo mucho que gastaba. Estos pensamientos le parecían baratos por demás. Casi lista para salir recordó a Carlos Alarico, su padrino, gran amigo de su padre. Para cuando ella tenía 16, Alarico debía tener unos 45, canas incipientes, una sonrisa demoledora y un hermoso cuerpo hecho a fuerza de largas horas de entrenamiento y una dieta tenaz. La primera vez que vio su torso desnudo, en esos candorosos 16, no pudo evitar sentir un alegre cosquilleo y una sonrisa pícara que el padrino logro convertir más tarde en un beso robado, que aún hoy día le dibujaba una sonrisa. Carlos Alarico murió, prematuramente a los 55 años, cuando ya el empeño de su madre por hacerla salir de su casa de velo y corona, ante la evidencia angustiosa de que… “la muchacha le había salido calentona”, la había puesto en manos de Ednodio y ya estaba por zafarse de ese mal rato. Alarico le mimó con regalos exquisitos de todo tipo, siempre acompañados con una tarjetica negra que en letras doradas le recordaba: “Ramona la vida buena es cara, hay una más barata, pero no es vida. Tú tienes todo lo que una mujer necesita para exigir todo lo que una mujer desea”.

“Lo barato sale caro, hasta en el amor”,  pensó Ramona. Tomó aire, abrió la puerta inmensa de madera tallada, un antojo de su esposo de velo y corona, el antojo militar de su mamá, que la golpeó hasta que no aguantó más. Su primer divorcio. Y pensar que… “con Ednodio tendrás la vida garantizada”, le había insistido y convencido su mamá… ¡Ay Ramona¡ ahora sí, se dijo cerrando la pesada puerta y saliendo al encuentro de Viriato, “después de cuatro divorcios prométete a ti misma mi niña, que no te casas más.

Adriana G. 

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