Radioperolito

Posted on Actualizado enn

chisme-1

Hace ya bastantes años tuvimos la suerte, digámoslo así, de que llegara a la urbanización una vecina que se caracterizó, al poco tiempo de su llegada, por ser la “caja de resonancia” de las noticias de la comunidad. Y al principio llegó así, sin hacer mucho ruido, por lo que muy pocos fueron los que notaron su arribo a la urbanización al inicio.

Tampoco era que llamara mucho la atención; los más enterados dieron una reseña más bien genérica de la persona: señora de edad madura, viuda, que se la pasaba con una manada de gatos en el porche, los cuales hacían una bulla miserable en las noches y madrugadas sin que hubiera poder humano que los callara, cosa la cual por lo visto no le importaba mucho a la doña, que se levantaba muy fresca en las mañanas para regar sus matas, y como no, alimentar a esa pandilla de desafinadas fieras salvajes.

Anteriormente dije lo de la caja de resonancia, porque con el tiempo descubrimos entre las cualidades de la dichosa señora, una proverbial capacidad para transmitir con lujo de detalles, cualquier noticia que se generara hasta en los confines de la zona.  En verdad se las traía la doña, pues cada vez nos sorprendía con una facultad casi milagrosa para enterarse de todos y cada uno de los chismes que corrían por las calles y veredas de esta nuestra urbanización.

imagesDe ninguna manera  es mi ánimo calificar de forma peyorativa a una señora que en sus ratos libres (que eran todos), se entretenía intercambiando con las vecinas las últimas noticias del vecindario. El problema radicaba en una cierta costumbre por parte de la doña, un tanto incómoda hay que admitirlo, de transmitir información desde su muy peculiar punto de vista, agregándole algunos detalles adicionales, que hacían las historias un poco más  coloridas de lo que en realidad eran, para gusto de los vecinos, y disgusto de los protagonistas.

Inmediatamente, la chispa de los colindantes la bautizó como “Radiperolito”, y así se quedó mientras habitó durante largos años en la vereda 4, cruce con calle 1, de la urbanización. Como si fuera el noticiario de la televisión, he aquí que la señora nos dedicaba puntualmente dos tandas de noticias, repartidas en el horario de las 10 am la primera emisión, y a las 4 pm la segunda. Ya a media mañana, se empezaba a congregar la gente en el punto de reunión convenido para la primera emisión, que era la esquina de la bodega del señor Olegario, desde donde la señora se apostaba como si fuera el púlpito de un templo, con la diferencia de que allí se congregaban más fariseos, sin un Cristo a la vista.

Y la segunda tanda ya en horario vespertino, se desarrollaba con el mismo público y con ella muy divina apoyada en la reja del porche de su casa, para disfrutar del transcurrir de la vida de sus vecinos y más próximos. Nunca jamás la urbanización se sintió tan controlada y monitoreada por un particular, y que conste que contábamos con servicio de vigilancia las 24 horas controlado por teléfono, toda una modernidad para la época en que no se contaba con computador ni GPS.

Nunca nadie supo cómo exactamente, pero la “Radioperolito” tenía la habilidad singular de enterarse de las noticias del sector instantáneamente, mucho antes que cualquiera. Como ya dije, su extraordinaria habilidad para recoger información hacía que fuera ella quien de primera mano diera el parte correspondiente sobre el transitar en este terrenal valle de lágrimas de sus más cercanos.

xafarderia

Algunas teorías que trataban de explicar esto, se basaban en un complicado entramado de “alianzas” entre personajes de la zona, quienes mantenían a “Radioperolito” al tanto de las últimas noticias. Algunas de tales “alianzas” podrían parecer un tanto inverosímiles para los desavisados, pero por lo visto funcionaban. Uno de los señalados como participante en este sistema era el propio Olegario, el dueño de la bodega, quien era conocido como un hombre parco al hablar y de saludo seco, considerado como el ayudante más aventajado del hombre del saco por parte de los más chicos del vecindario. A final de cuentas, sin haberse confirmado su feliz nombramiento como tal, contaba todos los días con la puntual visita de “Radioperolito”, quien era ponderada como el único ser humano capaz de detenerse a hablarle más de media hora ante el mostrador para preguntar por su vida, su salud y el precio de la leche.

Otro de los sospechosos de participar en la conspiración era “Bobolargo”, un indigente que se caracterizaba por su gran estatura, inversamente proporcional a sus muy cortas luces, que tenía rato en la urbanización y que se dedicaba a hacer mandados, cortar el monte, cuidar los carros y bañar los perros de los vecinos. “Bobolargo” tenía la costumbre de detenerse largo rato ante las rejas del porche de “Radioperolito”, y en una extraña media lengua que muy pocos le entendían, le iba refiriendo la lista de personas que entraban y salían de la urbanización, el tipo de vehículo, si iban a pie o acompañados. Está demás decir que “Bobolargo” recibía pequeñas recompensas por sus servicios informativos, que iban desde dinero hasta ropa vieja. Curiosamente, era considerado como uno de sus informantes más acertados.

Y la cosa funcionaba, pues “Radioperolito”, como en el lenguaje periodístico, “tubeaba” a todos los vecinos con sus reportes increíbles y sensacionalistas. ¿Un embarazo escondido? No, imposible. Allí estaba “Radioperolito” para dar su versión de los hechos, tal como lo experimentó en carne propia Mariela la hija de Raimundo, quienes vivían en la quinta “Mis Amores”, número 5-12. Quiso el destino que toda la atención de “Radioperolito” se centrara en Mariela, cuando empezaron a ver que la muchacha salía muy seguido con el motorizado de la empresa donde trabajaba.

pop-art-woman-with-speech-bubble_1020-836

Diariamente, “Radioperolito” daba el parte de noticias con los detalles más minuciosos que quepa imaginar: horas de salida, horas de llegada, ropa de salida, ropa de llegada, cara de salida, cara de llegada, y demás adornos. Y tal como si fuera un trance karmático o una predicción astrológica, Mariela se casó al poco tiempo algo así como apurada, y a los siete meses dio a luz un precioso muchacho de tres kilos novecientos, ya bastante grandecito como para el conteo de los meses correspondientes, cosa la cual le añadió un sabor insospechado a las periódicas reuniones en la bodega y el porche.

¿Matrimonios mal avenidos? Ni hablar. “Radioperolito” monitoreo durante meses a Josefina y a Felipe, habitantes de la casa número 30, detrás de los estacionamientos. Todo comenzó luego de que empezaran a saltar rumores sobre una cierta canita al aire del señor de la casa, después de haber sido visto en cierto sector con viviendas desde donde las chicas de la mala vida se hacen de una mucho mejor. Nunca se supo cómo, pero “Radioperolito” se enteró de la hora, dirección y color de pintura del sitio en cuestión; que alguien brindó unas cervezas, y algún otro invitó a una chica a sentarse; de las cervezas se pasó a otros destilados más nobles; y por si fuera poco, hasta se enteraron que hubo que pasar el punto de venta tres veces, porque no pasó a la primera, la segunda fue rechazada y a la tercera sí. A partir de allí, Felipe no tuvo paz.  Josefina cuando lo ve salir, le grita: “mira, guarda los papelitos del punto”.

Por supuesto, no todo puede ser felicidad en la vida, porque si no, esta sería muy aburrida. Siendo su afición de tan alta exposición pública, “Radioperolito” experimentó incontables veces el precio de su fama. Cuenta la historia que se armaban verdaderos atajaperros en el frente de su casa por causa de algún vecino o vecina ofendidos, convertidos en protagonistas involuntarios de sus historias.

Y cuando esto ocurría, apelaba entonces a una de sus otras virtudes: una lengua afiladísima y procaz que utilizaba para devolver las andanadas de insultos de las que era objeto de cuando en cuando. Pero si sus rápidas e ingeniosas contestaciones no funcionaban para aplacar la tormenta de improperios, inmediatamente optaba por entrar a su casa, cerrar la puerta y poner el equipo de sonido con el superbass sound a todo canasto, dejando al ofendido hablándole solo a las matas del porche, al ritmo de un vallenato o una salsa de los setenta, a insólito volumen.

Jesús Millán    @jesusmillan1969

Puerto La Cruz-Vzla.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s