Notas sobre mi Cello

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Es una impresión de terneza, de sitio de alma no visitado jamás, de ternura recóndita que sopla sobre ella  una sola vez, pasa y ya no vuelve nunca.

José Rafael Pocaterra (Vidas Oscuras)

 

Así siento cada encuentro con el violonchelo. No estoy muy dispuesta a hablar en primera persona… pero si de mi pasión se trata todo está bien.

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Pienso que los apegos influyen en nuestra vida de manera positiva permitiéndonos expresar lo que más nos apasiona, y también de manera negativa a través de nuestros miedos, bloqueándonos inconscientemente a la posibilidad de alcanzar y de encontrar la tranquilidad de estar bien con uno mismo. Esto no es un análisis profundo, es un humilde tertulio a este breve cuento. Simplemente quería comentarlo suavemente, porque cuando se toca un instrumento uno se apega desgarradamente a él y entonces irónicamente lo positivo o negativo queda a un lado. Es un algo indescriptible, es un sentimiento que nadie sabe cómo se llama, bien si lloras, ríes, estás furioso, esquivo, amargado, con contentura. Es el placer, el rescate del espíritu, el éxtasis de ejecutarlo a tu manera.

La música es un lenguaje que no se traduce, no hay un cómo, un por qué, para qué, cuando, y es eso lo que me encanta. Que nadie venga a explicarla, es así de bonito y sencillo, es para cada quien, cada uno es intérprete de lo que escucha y lo recibe a su manera. Entre ellos, los músicos, se habla como en todo, por supuesto de técnica, de que si este tiene un buen vibrato, que si monté esta obra o aquella, de la mano izquierda, de la derecha, tal director, aquella orquesta, Brahms Tchaikovsky Bartók Vivaldi Mozart Beethoven Wagner Bach, del talento de este o el virtuosismo de aquel… Detrás de tal hermosura que regala cada nota de una soprano, un pianista, percusionista, oboísta, violinista, trompetista, chelista, y pare usted de contar,  hay un mundo que solo se siente si lo ejecutas, un idioma universal que todos lo conocen y lo disfrutan pero no todos lo interpretan y lo hablan, en mi caso una cuerda frotada con cerdas. Yo lo conozco muy bien, realmente no sé cómo lo ejecuté, ejecuto o ejecutaré, realmente no lo sé, me resulta imposible juzgarme para alabarme o criticarme, por supuesto para corregirme sí, aunque corregirme suene parecido a criticarme, pero no lo es. Yo no tengo un violonchelo, tengo un amante.

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Mi Cello

El encuentro con un instrumento es como encontrarse con una persona, sientes si tienes algo en común, una simpatía, una empatía, un sentimiento de proximidad, una buena vibra, y me refiero al contacto directo. En mi caso el cello cautiva mi soledad, mi estado de introversión, de sitio del alma no visitado jamás… un placer único.

Yo no escogí al violonchelo, simplemente llegó a mi vida porque desde pequeña iba a la escuela de música a acompañar a mis hermanos, ya ellos en edad de ejecutar y yo no. Comencé con el piano porque a esa edad uno no decide. Y me encantaba, tenía una profesora de piano vegetariana de dedos largos y flacos y melena amarilla, encantadora y muy dócil, nunca la olvidaré; muy diferente al estereotipo de lo que generalmente se está acostumbrado con los maestros (aunque también se está muy bien con los estrictos, para quien pueda sentirse aludido), así  pues que estaba feliz con mi teclado, mi profesora y las 32 sonatinas y rondoes. En el pasillo veía y más que veía escuchaba  a escondidas las clases de violín y de chelo, el intercambio de “musicadería” entre los cuerdistas acerca de sus alumnos y otros menesteres. De vez en cuando el profesor de chelo pasaba por la butaca en donde esperaba mi clase de piano, me tomaba las manos,  y decía: “tienes manos de chelista” aquello me hacía sentir un nudo en la garganta y un palpitar. Así fue como temprano reté el momento y decidí que era mi encuentro, porque aparte de la emoción, me consternaba pensar tener unas buenas manos; y el buen escuchar de ese sublime sonido que desbordaba del pequeño salón de cello me cautivó. El salón olía a tabaco, perrubia y madera. Me gustaba ese olor, me gustaba lo que florecía de ese ambiente de pequeñez concentrada. Pedí, supliqué a mi madre, que me dejara el beneficio de la duda (no con esa palabras más bien las de la edad de una niña de once años) y tocarlo. Me dejó un año entero estudiando ambos, piano y chelo por si acaso era un antojo de niña, y así fue como me inicié, luego de ello hay mucho cuento en ese mundo, música de cámara, orquesta, profesora, pero sin una vuelta atrás fué mío, sólo mío y nada ni nadie me lo quitó.

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Partitura mas tocada

El chelo es un instrumento de sensibilidad extrema que puede producir los más delicados matices de timbres y de volumen, su sonido es cálido y aterciopelado.  Es muy similar al de la voz humana por su tesitura, sólo que alcanza un mayor registro. La naturaleza armónica del chelo suele ser, enamorada, melancólica hasta triste. Y es así como lo entiendo, lo siento porque tal vez me parezco.

Ani O

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