Mi “taita” querido

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¿Quienes somos los venezolanos? Tal pregunta requeriría una respuesta del tamaño de una tesis de grado por lo menos, que abarcaría muchísimos aspectos de lo que conocemos como la venezolanidad y el gentilicio. Nos podemos orientar buscando en nuestra historia, pero planteándolo solo como una orientación que describiría líneas muy gruesas de la nacionalidad. Ser venezolano, además de una circunstancia producto de las coordenadas, es una razón y un sentimiento; abarca un todo y un mucho donde se conjugan historias del hombre, economía del espíritu, y como no, una extensa área de nuestra geografía emocional. Y que conste, siempre tomando todo esto como una aproximación.

No es el interés de este artículo sentar las bases sociológicas del pueblo venezolano, sino presentar un pequeño muestrario de lo que somos, sentimos y padecemos, a partir de la sencilla premisa de vernos en retrospectiva. Todo esto, con base en la premisa nacional: no nos podemos quitar de nuestro inconsciente la ardorosa búsqueda del hombre necesario, del tipo que resuelve, del “Taita” cuyo paternalismo nos cobija y nos corrige el rumbo cada vez que es necesario.

De nada vale haber tenido hombres y mujeres del temple de un Francisco de Miranda, una Luisa Cáceres de Arismendi, un José Gregorio Hernández, a Teresa Carreño, a Andrés Eloy Blanco, y hasta el mismísimo Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, cuando en contrapartida, los calores del trópico, los efluvios de Mar Caribe, el frío de los páramos y el sol de los llanos,  revuelven las sangres y alborotan los espíritus dificultando aún más el encasillar en una categoría a ese bochinche ambulante que es el venezolano.

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¿De quién es la culpa de que seamos como somos? En principio, de los españoles…

Si bien el encuentro de dos mundos fue el punto de partida para toda esta historia, debemos acotar que a partir de ese momento hay varias erratas en eso de definir el primer contacto con el Viejo Mundo. A final de cuentas resultaron inocuos todos los intentos de Cristóbal Colón por cumplir con el protocolo, además de fallidas sus ganas por cumplir con las formalidades que dictaba la época en lo referido a tomar posesión de los terrenos conquistados.

Claro, la cosa tampoco era tan fácil; hablamos de hombres que habían pasado más de un mes en la cubierta de un barco, a expensas de los elementos y dependiendo exclusivamente de las pocas reservas de agua ya amarga (forma elegante de decir fétida); de el almacén de vituallas en falla; y como manjar estelar para la cena, alguna rata cazada entre las amarras vendida al inflacionario precio de un maravedí de oro.

Y esto sin contar con la abstinencia carnal forzada de un grupo de marinos cuyo principal mérito profesional era el de haber formado parte de los contingentes de prisioneros de Cádiz y Sevilla, y que encontraron en la expedición de Colón la menos infeliz de las alternativas para zafarse de su incierto futuro. Esto formó un cocktail bastante denso, sin alusiones puntuales cuidado, que puso en apuros al Almirante durante toda la travesía.

Quiso el azar que la primera falla al llegar, fuera la comunicación entre los expedicionarios y los habitantes del Nuevo Mundo. La historia especifica que Colón contaba entre la tripulación, con especialistas en varias lenguas, quienes hicieron vanos esfuerzos por entablar diálogo útil en idioma conocido. Curiosamente, la comunicación empezó a abrirse camino sin necesidad de palabras cuando los españoles, mucho más corporativos, miraron con atención lo que colgaba más arriba de los pechos de las aborígenes desnudas que salieron a recibirlos: oro. A partir de ese momento, se forjó la más grande de las picardías que un pueblo haya ideado contra otro pueblo inerme. ¿Les suena lo de cambiar oro por espejitos? Que ni la United Fruit Company, pues.

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Pero los indios y los negros también se las traían…

Si de correr arrugas se trata, los indios americanos se llevaron la palma. Con el tiempo, al desatarse las ansias de riqueza de los españoles echaron mano de la obra indígena para realizar las labores más viles propias del vulgo llano. En este punto es bueno destacar que ese grupo de ladrones, bandoleros, salteadores de caminos y asesinos consumados, repentinamente descubrió que eran hidalgos (hijos de alguien), y que por tanto su recién autoadquirido linaje les impedía realizar labores manuales, pues esto iba en detrimento de su condición noble. Haberse visto.

Había un elemento adicional que hacía mucho más cuesta arriba los sueños de nobleza de estos recién vestidos: por cuestiones religiosas, las que trabajaban la tierra y hacían los oficios eran las mujeres. Suena como a excusa, aprovechándose de la supuesta aprobación de la Madre Tierra, que por lo visto nadie tampoco escuchó que lo hubiera desaprobado.

He aquí entonces que resultaba poco menos que imposible forzar a los del sexo masculino a que siquiera levantaran una paja. Únicamente los indios salían de vez en cuando a cazar cuando las señales del cielo les indicaban que había danta, oso hormiguero, chigüire o venado, según la carta del día. Por supuesto, tales visiones se reproducían solo desde la comodidad de sus hamacas.

A la causa indígena ayudó mucho la intercesión de Fray Bartolomé de las Casas, cuya ONG se empeñó en hacer lobby ante los Reyes Católicos, explicando “que los indios tenían alma”, y que por tanto eran criaturas dignas de ser encaminadas por el sendero de la fe verdadera. Bien por Fray Bartolomé. Lo malo fue que a partir de allí empezó el comercio de barcos negreros que recalaban en las costas de América para aprovisionar a los conquistadores de los esclavos necesarios para el plan de conquista. En el nombre de Dios y los Reyes de España.

Hay un dato digno de destacar: los negros traídos desde las costas de África poseían en algunos casos, niveles de cultura bastante altos, llegándose a ver negros miembros de la realeza de tribus muy importantes, y que inclusive hablaban más de un idioma, e incluso que tenían por religión el Islam. Entre los contingentes de esclavos, llegaban confundidos diversos personajes, no solo negros, que por avatares del destino habían tenido que ir a engrosar el número de bancos remeros en los barcos de esclavos. Por eso no era tan raro encontrarse con blancos obligados a servir como esclavos, en razón de ser prisioneros de guerra, o por el pago de deudas.

Uno de los mitos más recurrentes en la historia venezolana, es el del mal trato recibido por los esclavos. Ciertamente, la esclavitud es uno de los peores errores de la humanidad, pero en el caso venezolano, esta poseía matices que hacían del cautiverio algo bastante singular. Era muy común que los esclavos compartieran el mismo espacio con los amos, y se podían ver situaciones en las cuales los esclavos vestían de forma muy similar que los patrones, siendo la única diferencia el color de la piel. Se sabe de casos en que las negras esclavas competían con las amas en eso de ponerse la mayor cantidad posible de afeites y potingues en homenaje a la coquetería propia de las damas.

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Hay numerosas crónicas de la Conquista que denuncian ante las autoridades las  “irregularidades” surgidas de la vida en común entre amos y esclavos, llegándose a suscribir situaciones poco menos que vergonzantes, a los ojos de los cronistas llegados de la madre patria. Existían las uniones de hecho (mancebías, llamábanlas así), entre las diferentes razas, en las que se pierden las innumerables distinciones que se hacían entre colores de piel: mestizos, zambos, mulatos, pardos, cuarterones, quinterones y vaya usted a saber.

Una de las peores leyendas era el de la “carimba”, que era el herraje utilizado para marcar a los esclavos. Por supuesto, no era agradable el hecho de ser marcado con un hierro candente, pero había que cumplir con la ley, no faltaba más. He aquí que previamente se humedecía la piel del esclavo, se le colocaba una especie de papel cebolla en la parte que se iba a tatuar, y aunque caliente el instrumento, el proceso sólo duraba lo que dejara una tímida y brevísima pasada. El tatuaje se formaba en realidad gracias al emplasto que le era aplicado al esclavo posteriormente, que fijaba la figura. Nada de dolorosas quemaduras ni esclavos chillando en oscuros cuartos de tortura.

Así los indios y negros pasaron a sazonar el condumio de nuestra nacionalidad, junto con los  españoles, conformando ese crisol de razas, que no es ni totalmente negro, ni completamente blanco, con algo de indio, pero venezolano en todas sus facetas.

Siempre seguimos al “Taita”.

Pregúntenselo a Boves y a Páez. Como es natural en toda confrontación, se formaron bandos, y la independencia no fue la excepción. Es muy extendida la idea de que la independencia fue una guerra instantánea, en la que los grupos en pugna comenzaron a combatirse de inmediato. Nada más alejado de la realidad. La independencia venezolana fue un proceso gradual alimentado por diversas acciones y tendencias que desembocaron en las realizaciones que ahora denotamos como fechas patrias.

Por ejemplo, a pesar de su vasta formación intelectual y militar, a Francisco de Miranda le faltó astucia para poder leer las características de un pueblo que siempre, durante toda su historia, siguió al hombre necesario que la llevaría a los caminos de la prosperidad y la abundancia. He aquí un problema: que esos caminos no son especialmente fáciles. Hombre forjado en las dificultades y de un valor personal reconocido, Miranda no pudo evitar que el pueblo se desperdigara temblando de miedo al verlo desembarcar en la Vela de Coro y lanzar la primera proclama de independencia.

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Además de esto, padeció continuos enfrentamientos con el mando militar del ejército libertador, que veía en él a un viejo caudillo con una idea equivocada de qué estrategia seguir para enfrentar al enemigo español. Sus detractores no sopesaron seriamente que algo debía saber de estrategia, al no tomar en cuenta los nimios, fútiles detalles  de su nombre grabado en gloria en el desarrollo de la revolución francesa, o su pasantía como brigadier en los ejércitos de Catalina La Grande de Rusia. Algo así como intentar dirigir a la vinotinto y terminar en la dirección técnica de La Carraca.

Bolívar, por supuesto, es el epítome que resume el sentimiento nacional en lo que respecta a la búsqueda del hombre necesario, o simplemente, el jefe. Más que instinto guerrero, poseía una capacidad negociadora infinita que le permitió reunir bajo una sola bandera a un grupo de soldados que rozaban casi la condición de bandoleros. Nada de visiones románticas de la gesta independentista con orden cerrado, fusiles relucientes y uniformes recién planchados. Hablamos de hombres que con suerte vestían un taparrabos y una lanza como provisión de combate.

Y a despecho de la gran obra libertaria de Bolívar, a este le costó mucho descifrar el rompecabezas sobre de qué medios valerse para poder dirigir a un ejército a todas luces inmanejable. Bolívar se las vio negras al tratar de unificar bajo su mando a los ejércitos de Oriente y Los Llanos, ambos bajo los mandos de sus líderes naturales, Mariño y Páez, respectivamente. La historia patria muy pocas veces reconoce que Bolívar tuvo que tragar grueso y demostrarle a Páez su temple, para que este se uniera efectivamente a las fuerzas patriotas, pues contaba con un ejército inmenso y fiel que solo esperaba por un jefe dispuesto a transar por condiciones justas. Libertad, que precio tan alto tienes.

En medio de la historia independentista, se atraviesa Boves, quien basó su liderazgo en un elemento que nuestros políticos contemporáneos aún no han podido, ni querido poner en práctica: cumplía lo prometido. A pesar de su ferocidad sanguinaria, Boves era capaz de sentarse a dirimir con justicia las disputas entre sus hombres, castigando sin piedad al culpable y absolviendo al inocente. En los momentos más duros de la guerra de independencia, prometía a sus soldados el botín de las ciudades saqueadas, a lo cual se dedicaban luego de pasar a cuchillo a los habitantes de la localidad, sin importar si eran hombres, mujeres o niños. De esta manera logró sitiar la ciudad de Valencia, cuando les hizo a sus hombres la irresistible oferta de “coger carajitas blancas” en cuanto se apoderaran de la ciudad.

Páez fue un caso especial de liderazgo militar. Posterior a la muerte de Boves, rescata parte de los restos de su ejército, y se hace fuerte en la zona occidental del país. Nunca pasó por la academia militar, ni soñarlo, pero contaba con un increíble ascendiente natural entre la tropa y se constituye, al igual que Boves, en el “Taita”, al cual todos se dirigían con veneración y respeto. Era común en los descansos de tropa, que se viera a Páez compartiendo con la soldadesca, y en momentos de exaltación se les veía celebrando a carcajadas la malicia de algún soldado que lo sorprendía mientras comía y que al galope de caballo le robaba el pedazo de carne que se llevaba a la boca en ese momento. Todo un hijo dilecto del llano. Lo de tocar el violín y cantar ópera, le vino después.

Existe en nuestro inconsciente colectivo la representación de una figura de mando, paternal y autoritaria a la vez, capaz de resolver todos nuestros problemas. Durante nuestra historia republicana, cientos de personajes se han autoproclamado como líderes, no solo políticos, sino hasta espirituales, que intentan por todos los medios construir caminos para insertarse en el alma de la población. Muchos, incontables, lo han logrado, y con ello han usufructuado la riqueza de este pueblo. La representación del líder ha tenido diversos símbolos, tomando la mayoría forma de una gorra militar en buena parte de la historia, aunque en otras han podido verse representaciones más a tono con lo civil. Pero el “Taita”, el predestinado, navegará indubitablemente entre esas dos aguas.

Gómez: la trascendencia del hombre fuerte…

juan_vicente_gomezGómez es el arquetipo del hombre fuerte venezolano. A diferencia de otros líderes, Gómez jamás dejó de desconfiar de su equipo, y se dice que incluso tenía como política incentivar las diferencias entre su séquito, para así aprovechar de pescar en río revuelto cuando fuera conveniente. Hombre de hacienda y siembra, forjado en el campo de batalla, tuvo la suficiente astucia para mantenerse en el poder tocando las teclas del peor defecto de los políticos: la vanidad. Como cualquier gerente moderno, conocía a la perfección el método de la zanahoria y el garrote, convirtiendo a Venezuela en su hacienda personal, gracias a que la mitad de la población se dedicaba con ahínco a obedecer al general, espiando a la otra mitad.

Curiosamente, a pesar de manejar al país como si de una hacienda se tratara, forjó las bases de las modernas instituciones nacionales. Consciente de sus propias limitaciones en lo referido a la política exterior, formó un grupo diplomático impecable que se dedicó a congraciarse con las potencias de la época y obtener beneficios para el país, y para el jefe por extensión. Creó el primer sistema de hacienda pública nacional e instrumentó una incipiente política petrolera, pero no mucho eso sí, para poder seguirse beneficiando todo lo que pudiera. Pero nada de esto logra sin que haya paz, y el principal mérito de Gómez fue el de reducir a la nada las desordenadas montoneras que a principios del siglo XX pululaban por el país.

El pecado de Gómez no fue el haber sido un dictador. No señor, sino el de no haber podido (o no quiso), resolver el problema de la trascendencia. En la política venezolana, y en la vida cotidiana también, el peso de la trascendencia es un punto importante a la hora de hacer carrera, especialmente en Venezuela. No es sorprendente escuchar todavía en alguna esquina, a cualquiera convencido “de que aquí hace falta un Gómez”, haciendo pasar agachado al general en su porción de culpa por hacer del país lo que es ahora. Y en ese mismo saco podemos meter sin distinción incluso a líderes de la democracia.

La trascendencia funciona convirtiendo la memoria histórica en un lente gran angular que sirve para proyectar la imagen y los logros personales. Y nosotros, pueblo al fin con una memoria histórica cortísima, enaltecemos inmediatamente a cualquiera que muestre entre sus conquistas el brocal de una acera y la soldadura de una alcantarilla, además de besar viejitas sin ninguna contemplación. De tal forma, de ese primitivo andinismo heredado luego de la muerte de Gómez, surgen entonces corrientes que toman sus principios, y propugnan el tema de la trascendencia y la predestinación como “quid” de cualquier carrera política que se precie, así se esté comenzando en una junta de condominio. Así estamos.

Pérez Jiménez: el hombre fuerte se refina…

marcospc3a9rezjc3admenezA contravía de Gómez, otro andino asume posiciones diferentes a la hora de gobernar el país. Si bien los principios de gobierno fueron los mismos (una dictadura militar por toda la calle del medio), Pérez Jiménez implementó una política “de concreto armado”, cuyos principales beneficiarios fueron las clases bajas que vieron una oportunidad para surgir en una sociedad venezolana que hasta ese momento no les daba mayores oportunidades. Y aunque el bolivarianismo ha sido una de las banderas empuñadas durante todos los gobiernos de la historia venezolana, en el período perejimenista se ensalzó a más no poder la figura de Bolívar, aprovechando en el ínterin para recostarla a su vez, no podía ser de otra manera, de la figura (regordeta), del  presidente del país.

Pérez Jiménez idea entonces la famosa “semana de la patria”, momento durante el cual se exaltan (casi hasta la exasperación, cuentan algunos fastidiados), los valores patrios y los símbolos de la venezolanidad. Y en honor del tono militar del gobierno de ese entonces, el principal evento lo caracterizaban los diversos desfiles que celebraban a la patria venezolana. A decir verdad, había momentos en que todo el país a una, se encontraba marchando en la capital y el interior de la república, para beneplácito de la corte gobernante.

Es interesante hacer ver que el hombre fuerte cede durante algunos instantes el protagonismo al pueblo, acariciándole el ego y haciéndole ver que sin ellos, sin la gente, sin el pueblo, la patria no es nada… claro, mientras él gobierne. Una jugada inteligente, que le reporta beneficios: irónicamente, el oprimido combate al que lo quiere liberar, esto es, a los que ven “la semana de la patria”, como un manejo más de la propaganda de la dictadura.

El problema de Pérez Jiménez fue que lo ganó la pereza. No construyó un modelo de trascendencia suficientemente eficaz, y dejó en manos de su aparato de gobierno las funciones que solo él mismo podía cumplir. Entre fiestas, bailes y paseos a Los Roques, se fue diluyendo paulatinamente el nuevo ideal nacional. Salvando las grandes distancias, al igual que Miranda, un hombre muy bien formado en lo intelectual y en lo militar, no supo interpretar con prontitud lo que decía la calle. Y supieran ustedes que no es que dijera necesariamente “libertad” o “democracia”, sino que exigía del predestinado, del “Taita”, la atención que no recibía de sus delegados. Y eso se paga.

La democracia y la cultura del tequeño…

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No es que a la caída de Pérez Jiménez, la democracia se haya convertido en una especie de desorden. Nada que ver. La democracia (los mejores 40 años de nuestra historia, sin duda, o por lo menos los más estables), fue la necesaria válvula de escape para que la población liberalizara sus costumbres y aprendiera a dar su opinión.  Mientras el izquierdismo y las logias militares ganaban fuerza en el exterior apenas a unas cuantas millas de nuestras costas, la población venezolana se encontró con una novedad de la cual gozaban muy pocos países del orbe: podían decir lo que pensaban y opinar distinto. Cosa bastante inusual en un continente donde pensar distinto implicaba un terrorífico paseo hasta una oscura bóveda de la policía política.

Si algo hay que reconocer a los líderes de ese período, fue la visión de país que tuvieron como para percatarse que los destinos de la nación no descansaban en los hombros de un líder necesario, sino en las manos de un pueblo que tuviera el suficiente criterio para elegir qué camino seguir. Por supuesto, eso implica un cambio de mentalidad de muy grueso calibre, pues si no se trabaja bien, existe la posibilidad de que algún otro a su manera, resuelva los problemas que solo nosotros mismos podemos resolver. Y no vale quejarse.

803363-la-gente-espera-en-l-nea-para-votarLa principal característica de este período llamado “de democracia”, fue que ocurrió una especie de transición en nuestra forma de ver a la nación. Pasamos de ser espectadores eventuales, a decisores en la formación de verdaderas y modernas instituciones democráticas. Votábamos fastidiados cada 5 años, esperando que se cumpliera la aburrida alternancia entre partidos y los cambios en los sectores políticos. El Congreso, las Fuerzas Armadas, la Corte Suprema, el CNE, eran instituciones a las cuales solo ocasionalmente se les escuchaba el nombre. ¿Una cadena de radio y televisión? Solamente si había algo importante que decir, o consecuencia de la conmemoración de una fecha patria.

Por supuesto, el petróleo le reportó un envión formidable a nuestro modelo de sociedad. Aún siendo “el excremento del diablo”, fue de mucha utilidad para apuntalar las bases de la sociedad venezolana tal como hoy la conocemos. Prácticamente fue el amargo tequeño que se sirvió por toneladas en esta fiesta que duró tantos años. El petróleo le ha reportado a Venezuela la presencia de muchos “Taitas” que se han acercado a esta fuente casi infinita de riqueza, con propósito de sacar alguna tajada de la ganancia, es evidente, pero también conservando un cierto compromiso, aunque sea por las apariencias, de seguir fortaleciendo el modelo de gobierno, que aunque desgastado, todavía seguía reportando beneficios a la población en general. Era así, debía ser así, pues aún en sus peores momentos, los políticos estaban claros que no podían matar a la gallina de los huevos de oro que les garantizaba el sustento.

Cabe preguntarse si fallamos. Particularmente no siento que alguien en específico haya fallado o que se fracasara en algún momento del camino. Como todo sistema, supongo, la democracia también sufre por causa de la entropía, el desgaste, el abuso, y se ve forzada a buscar un aire, a probar con otras alternativas. Siendo democracia, puede probar entre la diferente gama de ismos que se cobijan en su seno.  Ora a la izquierda, ora a la derecha, el modelo por sí mismo puede sustentarse, aunque hay que reconocer que siempre existirá el peligro de que algún boca abierta confunda la democracia con un propósito personalista de construirse una trascendencia egoísta. La simple trascendencia humana va de la mano del destino, de la grandeza de la nación. Craso error: pensar en una sin la otra. Y en eso estamos ahorita, pagando ese error.

Jesús Millán

@JesusMillan1969

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