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Patiplumeando® Guayana

Adriana G

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Puente Angostura

Nos habíamos mudado a Ciudad. Bolívar, Estado  Bolívar,  al suroeste de Venezuela. Ya teníamos una semana instalándonos cuando nos llevaron a conocer el Casco Colonial y a ver el Paseo Orinoco, un largo Boulevard que recorre parte de centro de la ciudad, con la rivera del río de testigo. Fue amor a primera vista: las aguas del Orinoco entraron por mis ojos  y me llenaron de gozo y nunca más pude sacar el rumor del rio de mi corazón.

Ciudad Bolívar es territorio de mucho calor, un calor seco y  ferroso como sus tierras, pero uno se acostumbra, así como se acostumbra al fuerte olor del anacardo cuando ya pasado cae a la tierra y a su sabor hecho mazapán de merey, así como se acostumbra uno a las feroces tormentas eléctricas y a unos mangos de sabor extraordinario, que comíamos verdes con “adobo” y vinagre,  o en jalea.

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Paseo Orinoco

La segunda visita al Paseo Orinoco coincidió con los preparativos de la Feria de la Sapoara,  un pez de agua dulce, que promete unirte a una “guayanesa”, si te comes la cabeza. Suele pescarse durante los meses de julio a septiembre, época de la crecida del Orinoco. La creencia popular, que circula desde siglos pasados, afirma que quien se come la cabeza del animal se queda a vivir en la región angostureña, y hasta lo afirma una famosa canción. Cabe destacar que el apetecido pez está presente en todas las mesas de la antigua Angostura, hoy Ciudad Bolívar,  desde la más sencilla a la más encopetada. Suele comerse asada, frita o en sancocho, pero la forma en que mas se destaca su  carne es al horno y se acompaña con arepas y casabe.  Fue mi segundo encuentro con el rió y desde entonces soy una fiel seguidora de su cauce, su historia, ritmos y leyendas, incluso mi gaita favorita (género musical original del estado Zulia, declarado Bien Patrimonial de Interés Cultural y Artístico de Venezuela) es, por supuesto: “Orinoco” (y no soy muy gaitera).

Un paraíso vegetal lo enmarca todo, frutas maduras parecen adornos de oro, las aguas con un beso humedecen la arena y aquel embrujo tiene encanto de sirena

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Ciudad Bolívar

En Ciudad Bolívar viví 6 años y en ellos recorrí el río de muchas maneras y recorrimos el  estado desde el Parque Cachamay, pasando por la Llovizna, la Represa del Gurí, El Callao y “Guasipati, tomorrow nigth”, como canta un famoso calipso, el ritmo hecho del sonido armonioso del Steel Band, con el que en los carnavales se mecen las muchedumbres que van al Callao, pueblo y cultura emblemáticos del estado, famoso por su calipso y madamas de tradición mixta entre Trinidad y Venezuela.

Volar sobre la serpiente del rió es una experiencia que te marca para siempre, la primera vez lo hicimos con un piloto amigo de mi papa. No parecía muy experto y lucia algo pasado de tragos, pero nos sobrevoló, sanos y salvos por el rió, el Kerepakupai Vená y algunas minas (aun juro que casi agarro una pepita de oro cochano con las manos). En las aguas rojas y heladas de la laguna de Canaima, ubicado en la cuenca de la margen derecha del río Caroní, nos bañamos por horas para sacarnos el susto del cuerpo y pedir a la pachamama que nos librara también en el regreso.

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Parque Nacional Canaima

Ani O

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Guasipati

La gente de Guasipati y Tumeremo se trasladaban hasta El Callao a trabajar en las minas… Los mineros para cubrir las largas jornadas de trabajo llevaban de vianda “dompling”, entre ellos mi abuelo materno que nunca conocí, murió cuando mi madre guasipatense tenía tan solo 12 años (hermana mayor de ocho hermanos, hijos de Carmen Narcisa Perché de Arciniegas y Sixto Arciniegas,  de San Fernando de  Apure con raíces españolas). Esta es una historia que me da mucha contentura porque mi tía Chuchú es la heredera de la receta de los domplines, un secreto que pasa de generación en generación, Paula mi hija la hace, presionó para conseguirla, hasta que la tía Chuchú cedió,  no sin quitar el hecho de que la tía tiene debilidad por ella, una cuestión de consentidera, aunque la verdad ella es especialista en consentir a todo el mundo: que si un quinchoncho, una carne mechada, una cachapa,  etc…. Una alcahueta hermosa. Hasta ahora Paula es  la única de las generaciones mas jóvenes de la familia  que posee esa receta misteriosa y secreta,  porque conlleva toda una ceremonia. Eso sí toda la generación guasipatense, los mayores,  salen corriendo a buscar su triángulito…  ¡su  dompling!

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El Callao, es un pueblo minero fundado en 1853 con el nombre de Caratal, que se traslada después a las orillas del río Yuruari donde recibe el nombre con que lo conocemos actualmente. El Callao, famoso por sus minas de oro, su Orfebrería exquisitamente artesanal, por la alegría y amabilidad de su gente y por su coloreado Carnaval,  armonizado con melodías interpretadas en especiales dialectos. Caratal para 1857 era unos cuantos ranchos entre los árboles, habitados por mineros en busca de oro, y según Francisco Michelena y Rojas, para ese año, 32 negros trinitarios, 3 ingleses, 3 franceses de las Antillas y 6 de Demerara, se mezclaron con venezolanos de varias provincias. El Callao,  Guasipati, Tumeremo, El Dorado, Kavanayen y Santa Elena de Uairen son las zonas con más idiomas foráneos en Venezuela, debido a la gran migración de extranjeros que se establecieron para la búsqueda del oro. Los idiomas más fuertes establecidos fueron el inglés, el francés y el portugués. Guasipati, donde nació mi mama, esta ubica en las cercanías de los ríos Denguesito  y el Cunurí, ambos tributarios del río Miamo.

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Pero quien mejor echa el cuento de los “dompling”,  con su buen gusto sibarita,  es mi Tío Ángel Arciniegas Perche (a quien ya entrevistamos en la edicion de Enero, a propósito de sus “ají dulces”, que cosecha con éxito en Houston, USA).

 https://multisapidas.wordpress.com/2016/01/15/959/

IMG_1041“Se cree que el domplin, versión criolla de la palabra inglesa dumpling, llegó a nuestros lares a través de los británicos que se asentaron en el Caribe y eventualmente en Venezuela. Esta versión de pan o de torta de harina con queso era muy preferido por los mineros y sobre todo por los balateros de Guayana quienes se ausentaban por semanas de sus casas para ganarse el pan, unos a través de la extracción de metales preciosos, otros metiéndose en la selva para la extracción del balata. Como sera recordado por algunos, el balata es un árbol muy alto al cual los balateros tenían que subir para hacer incisiones con cuchillo y hacerlos llorar una suerte de resina que era la materia prima para hacer chicle. Como el domplin es un pan de larga duración los balateros lo llevaban como comida esencial en sus bastimentos, además de que les servía como utensilio para medir el tiempo. Al no tener en aquellos tiempos un almanaque que pudiera ser llevado a la selva, los balatateros se dejaban llevar por el domplin, el cual al ponerse rancio después de un largo periodo les avisaba que ya era tiempo de volver a casa.”

Entre los platos autóctonos de la gastronomía de la zona minera podemos nombrar: DUMPLINGS (Domplines), KALALÚ, ACRÁ, PONQUÉ ANTIGUO, PUDÍN DE VERDURAS y SAUCE. Entre las bebidas se citan al: YINYABIÉ (Ginger Beer), MONKY PI, JUGO DE BERENJENA y el  JUGO DE AUYAMA, entre otros.

Sonia María

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Churún-Merú

Mi espíritu aventurero no es nada extremo, mas bien es moderado, por eso el Estado Bolívar para mi, es indómito, me abruma con su inmensidad y su exuberancia, por lo que he tenido que dosificar mis encuentros con el Sur del país. Me refiero a que si bien es cierto que me encantaría enfrentarme a la Gran Sabana con sus enormes macizos y quedarme extasiada contemplándolos al punto de iluminación espiritual (estoy convencida que en nuestra Guayana hay puertas interdimensionales que nos conectan con otros planos de luz). Para mi seria perfecto llegar al Churún-Merú por un hoyo negro y evitarme todo el trayecto en 4 x 4, el paseo en chalanas, enfrentarme a los mosquitos  por decir lo menos, y la pernocta en carpas con baños portátiles. Por eso cuando he ido a Bolívar he sopesado bien el como y el donde. He llegado siempre en avión y me he hospedado en lugares muy confortables, que ahora gracias a Dios abundan.

Mis compañeras todas, tienen un vinculo  fuerte con esa región del país, Ani es descendiente de guasipatenses como  nos contó, Adriana vivió en plena Ciudad Bolívar y como es lógico Ma. Carolina se pasaba días en esa ciudad histórica con su familia. En cambió yo no tengo ni un primo lejanísimo en esa entidad. Mas no por ello soy ajena a nuestra Angostura, he tenido varios y agradables acercamientos al Estado y para mi fortuna me han salpicado sus caudalosas aguas, y eso para mi es redimirse con la patria, donde hay agua yo soy feliz, y en Bolívar agua si hay, no vamos a entrar en detalles con el Guri, pero si entrare en los detalles de mis  visitas a distintas partes del hermoso Estado del Sur del país.

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La Llovizna

Todas las veces que he pasado por Puerto Ordaz quedo fascinada con el Parque la Llovizna y el Cachamay, me hipnotizan esas caídas de agua,  la imponencia del Caroní y el Orinoco, son imágenes contundentes de la naturaleza que dejan el alma confortada. Tengo la impresión que, sin desmerecerlas, otras bellezas naturales semejantes transmitirían temor. Nadie quiere caer bajo las cataratas del Niagara, ¿verdad?. En cambio Ciudad Guayana es una comunión constante con sus fuentes naturales, el salto la Llovizna y el Cachamay son una invitación cordial a congraciarse con la creación, entonces para mi la conjunción de la urbe de Puerto Ordaz con la naturaleza  resultó ser una bendición.  Siempre que voy a Ciudad Guayana como visitante me siento muy bien recibida, así como su urbanismo es amplio, así de abierta es su gente.

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Lau-Lau

Ya yo era devota del queso guayanes, y en uno de mis encuentros con el sur del país, mi gran amiga la “jefecita” Ysveth me llevó a degustar un delicioso Lau- Lau, y desde entonces tengo en mi memoria gastronómica el exquisito sabor del pescado, que no le hace para nada honor a su apariencia.

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Tuve el privilegio de pasar mi luna de miel en Canaima, cuando me enteré ya saliendo de la fiesta de la boda, no me pareció tan encantador, sabía a lo que me iba a enfrentar, y como  dije soy una aventurera moderada, lo que apoyó el plan de mi primer esposo, fue el avivado amor de ésta joven otrora, pues me casé muy enamorada,   tomar un avión siempre es un plus, y finalmente quede cautivada cuando desde un primer momento el piloto anunció que podíamos ver por la ventanilla al imponente Salto Ángel,  ese día el cielo se despejó completamente como regalo de bodas. ¡Gracias Universo!. Luego fueron sólo obsequios de la naturaleza, hasta la ponderación por la aventura me abandonó cuando mi primer esposo y yo decidimos bordear un morro, arriesgándonos con los baqueanos guías por los rápidos del Rio Churúm,  embarcados en una curiara , en vez de atravesar a pie por la Sabana de Mayupa como la mayoría de los turistas. Definitivamente eso es amor.

Visitar Canaima de la forma que sea, siempre será un presente para el alma.

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