Los pilares de la nacionalidad

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Los venezolanos somos un pueblo singular. No únicamente por ser nacido aquí lo digo, sino por los entreveros que trae consigo el hecho mismo de la nacionalidad. De allí que muchos extranjeros, y algunos nacionales también, se las ven un tanto difíciles a la hora de descifrar correctamente nuestras costumbres y hábitos más arraigados. Una usanza tan sencilla como lo es dar la bendición, por ejemplo, causa sorpresa y admiración entre los naturales de otros países, por las expresiones y simbolismos que este humilde gesto encierra para nosotros.

De allí que hayamos confeccionado este sencillo muestrario, en un somero intento por tratar de sacar un poco más a la luz lo que es nuestro gentilicio, y muy importante, vernos la cara como lo que somos: venezolanos y orgullosos de serlo.

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La madre, ¡cómo rinde!

Esa es, está allí, es la MADRE, así con mayúsculas. La figura de la madre adquiere virtudes heroicas en nuestro país. Esa señora de cabellos blancos, vestida sencillamente y con sonrisa bondadosa, es objeto de veneración en cientos de miles de hogares, y se da por descontado que cualquiera de nosotros daría el cuello por la propia. En un país donde abundan los hogares monoparentales, la madre es la figura que regenta y marca la vida de todos los venezolanos.

Desde pequeños nos condicionan a que la madre es sagrada y ¡ay de aquél! que ose el sacrilegio de mancillar ese nombre santo. Una mentada de madre es respondida inmediatamente con otra mentada de madre, y si es necesario, se sube en la escalada de violencia hasta que el ofensor lave con su sangre el honor de la familia. Porque si no era así, al llegar a la casa el propio padre se encargaba de completar el ciclo de lavado a punta de correazos, pues, ¿cómo es esa vaina que usted no defendió a su madre?

Todos hemos sido testigos de la misma escena que se repite cada fin de año, cuando esos machos de pelo en pecho, tabaco en la vejiga y más arrechos que Kalimán, que han hecho y deshecho durante los anteriores 364 días del año, en medio de una pea llorona se lanzan a sorberse los mocos y a lloriquear como mozuelos apenas escuchan los primeros versos de “madre, hoy se nos muere un año…”, y salen corriendo faltando cinco pa`las doce, a abrazar a su mamá.

A veces la ceguera por tratar de colocar a mamá en un altar, le impide a la gente entender las señales de auxilio que lanzan las madres venezolanas en fechas específicas, como por ejemplo el día de la madre. Es común que en el afán de celebrar como Dios manda este día tan especial, y con el propósito de hacerla sentir querida y apreciada, los hijos se aparezcan en la casa materna acompañados por aquél batallón de familiares, con la excusa de “mamá, ellos vinieron a probar lo buenas que te quedan las paticas de cochino que preparas”, logrando el efecto inverso, que es que a la pobre viejita en medio del azaro de atender a tutili mundachi, se le estrangule la hernia intestinal que previamente le habían diagnosticado y que le exigía reposo absoluto.

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Dios es venezolano.

Hay que estar claros que el venezolano cree en Dios. Pero apartando las certezas de las creencias, tenemos entonces que el conjunto de la religiosidad se mezcla con elementos que conforman una especie de collage bastante pintoresco, por decir lo menos. La creencia en Dios viene acompañada por un cortejo de veneraciones y ritos que convierten a la religiosidad en un cúmulo de vírgenes, santos, supersticiones, espíritus, duendes, amuletos, mantos, sagrarios, cofradías, velas, cultos, mitos y sortilegios, que se aprietan todos muy juntitos en el alma nacional.

Tome a cualquier conocido, y pídale el favor de que le muestre el contenido de la cartera. Si es un hombre, verá que lo más probable, además de los documentos personales, es que pícaramente se asomará al lado de estos un preservativo, además de las consabidas tarjetas de presentación y de banco, los carnets de trabajo ya vencidos, y al fondo la foto de su mamá y la de la novia. Pero si hurgamos un poco más, veremos que muy discretamente oculta, estará la estampita de algún santo en cualquiera de sus advocaciones, que guardará celosamente con la garantía de librarlo de todo mal.

En el caso femenino, además de la estampita, tendremos un rosario, pero no uno convencional, sino uno cuyas cuentas parecen unas pepas de mamón, y si es de esos que traen directamente de algún duty free a la entrada del Vaticano, mucho mejor; además de eso, guardará seguramente con el mismo celo el ombliguito disecado de su primogénito, sus primeras boticas tejidas ya esguariladas por el paso del tiempo, y como no, algún pequeño amuleto contra el mal de ojo, para completar la ecléctica colección, como si de un festival hindú de la celebración de la llegada de los monzones se tratara.

Ni siquiera Simón Bolívar se escapa de su dudoso homenaje sincrético, pues resulta bastante frecuente verlo acompañando circunspecto, junto al Negro Primero, las cortes esotéricas sobre las cuales pesa la responsabilidad de abrir los caminos a sus elegidos. No sabemos exactamente qué peticiones expresas le elevan sus fieles, pero el hecho de haber libertado a cinco naciones, por lo menos lo hace acreedor de que lo dejen descansar en paz aunque sea por un ratito.

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El compadre.

Es una de las principales derivaciones de los lazos producto del sacramento del bautismo: el compadrazgo. El compadre (o la comadre), en el caso venezolano, es un vínculo indisoluto, más fuerte que la pega tanque y más duradero que el papel de aluminio. Te puede abandonar la mujer (o el hombre), pero el compadre (o la comadre) jamás. Claro, hay excepciones cuando la comadre (o el compadre), se escapa con el compadre (o la comadre), pero son las menos.

El compadre, apenas salido de la ceremonia, adquiere automáticamente la categoría de familiar consanguíneo en primerísimo grado. El compadre se convierte entonces en amigo, hermano, confidente, telecajero, abogado, GPS y consultor de negocios. En un país donde la situación económica no es la mejor, es un gesto de desprendimiento absoluto y generoso el pronunciar la frase “voy a prestarle plata/remolcarle el carro/brindarle el almuerzo/ al compadre”, ¿con quién más sino con él? Curiosamente, a pesar del lazo surgido por apadrinar al muchacho, el compadre lo menos que se ocupa es de celebrarle la gracias y se la pasa para arriba y para abajo con el otro compadre. Queda entonces que al muchacho lo cuidan las comadres, faltaba más.

Por supuesto, el compadre adquiere un indiscutible valor agregado si detenta algún tipo de cargo o reconocimiento a nivel social. Es una fija que toda familia venezolana tenga un compadre que sea militar o policía, conjuntamente con otros compadrazgos de utilidad: abogado, albañil, mecánico, plomero, panadero, prefecto, empleado de supermercado o trabajador de la Polar.

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Bellas y estrellas.

En Venezuela, la belleza es un asunto de Estado, como lo es para otros países la inflación, la producción agrícola o el fútbol. Toda venezolana lleva dentro de sí una miss en potencia, a la espera de poder salir en lo que aparezca la primera provocación. No es para nada un secreto que las expectativas en todos los concursos de belleza a nivel mundial se centran en la venezolana. Y resulta evidente el por qué, pues desde la más tierna infancia, todas las niñas a lo largo y ancho del país son sometidas al escrutinio público, y están obligadas a poner a sonar continuamente en el soundtrack de su vida la musiquita de “en una noche tan linda como esta…”.

Jamás una sociedad había puesto tanto empeño en ponerse bella y glamorosa. Gracias a los favores del mercado, toda candidata a reina cuenta con los mil y un aditamentos para deslumbrar y lograr la aprobación de su público, cierto o imaginario. En rápida hilera se suceden dietas, gimnasios y cirujanos con toda la disposición de hacer cumplir los sueños de todas las aspirantes, y si tienen plata, mucho mejor. Hasta la más simple de las festividades en cualquier confín de barrio, se verá coronada con un escote profundo que revelará generosos los 750 c.c. en cada una, logrados al costo de ver (y pagar), las estrellas.

Usted verá siempre hasta a la secretaria más humilde, la noche antes de dirigirse a su trabajo, organizando su traje de batalla: uniforme de blazer y falda taller impecablemente planchados, acompañados de tacones infinitos y relucientes hasta donde quepa imaginar, además de un estuche de maquillaje a punto. Junto con ello, un arsenal de cremas, emulsiones y humectantes suficientes para hidratar y hacer florecer los desiertos más secos del mundo, dispuestos organizadamente en la mesa de noche y esperando turno para su aplicación con precisión quirúrgica.

Y en la mañana, será testigo de la marcha triunfal de la belleza, compuesta de cientos, de miles de aspirantes a reinas, elegantes y altivas, taconeando fuerte sin perder pizca de glamour, declarándoles la guerra al clima lluvioso, a las alcantarillas volteadas, a los perros rugientes y a los desbaratados asientos romperopas de los más destartalados autobuses. Primero muertas que sencillas.

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El diagnóstico venezolano.

Las enfermedades de los venezolanos son un misterio para la ciencia. No tienen ningún tipo de basamento, y por lo general el pronóstico es positivo y de rápida mejoría. Las enfermedades venezolanas duran pocas horas, y casi siempre se curan con descanso, un tecito, y en casos de mucho cuidado, con una comida.

Las madres son los primeros paladines en eso de prevenir las enfermedades propias del gentilicio. Uno de los principales causantes de estas enfermedades, con rango de pandemia, es el terrible y muy temido vector epidemiológico conocido como “sereno”. En el medio asistencial venezolano se sabe que no hay cura para esto, y que las medidas tomadas para su prevención, son simples paliativos.

Siempre tendremos presente la imagen de nuestras madres corriendo detrás de nosotros gritando: “ponte la camisa, que te va a pegar el sereno”; “muchacha, arropa al niño que le va a dar el sereno”; y como diagnóstico definitivo para muchas dolencias: “eso te dio porque te serenaste”. No hay pruebas científicas tangibles de la existencia del “sereno”, pero a su paso caen miles de venezolanos como moscas.

Cada quien tiene también su repertorio de síntomas y enfermedades, por lo que no es extraño saber que a alguien le dio un “vahído”; y que mucha gente debe detenerse descansar un momento por causa de un “tun-tún”; ante un susto, se sienten “palpitaciones” y “taquicardias”; otras veces se sienten “punzadas”; y es común oír que fulano “agarró un aire” o “agarró frío”. Como máxima expresión de una dolencia, todos quedamos conmovidos cuando nos enteramos que a alguien le dio un “yeyo”, que lo dejó largo a largo en el suelo. Si hay testigos del hecho, lo más probable es que queden “enyeyados” también.

Aplaudimos la pericia y profesionalismo de los médicos nacionales, indudablemente los mejores preparados a nivel mundial, quienes ponen a prueba todos sus conocimientos para identificar y tratar estas enfermedades que únicamente se originan en territorio nacional. Todo comienza cuando llega el paciente y describe con preocupación la sucesión de síntomas que lo ha obligado a ir a consulta:

Paciente: Doctor, es una puntada que empieza en el costado, corre hasta el ombligo y se queda allí un ratico. Sube por el hombro, se va por el brazo izquierdo, llega al pecho y se queda latiendo allí otro rato, y luego me da un dolor de cabeza.

Doctor: ¿Y eso ocurre durante todo el día, solo en la mañana o ya en la noche?

Paciente: No Doctor, me da antes del desayuno, antes del almuerzo y antes de la cena. Luego se me quita.

Doctor: Ahhhhhh…

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¡A gozar muchachos!

Si algo caracteriza al venezolano es su talante fiestero. De cualquier motivo se hace una fiesta y cualquier fecha es buena para celebrarla. Como buenos caribeños, nuestro calendario está plagado de fiestas patrias, efemérides, conmemoraciones y santos de todos tamaños y colores. En lo que espabilamos, luego de celebrar año nuevo, llega carnaval, semana santa, vacaciones escolares y vuelta a celebrar navidades. Echarle agua al sancocho es una de las formas de honrar el compromiso de servir a los invitados. Y a final de cuentas, luego de cinco cervezas, nadie notará la diferencia de la sazón.

Resulta realmente notable la capacidad del venezolano para hacer de una galleta de soda un banquete y de una botella, una fuente. Somos capaces hasta de celebrar un carro accidentado, pues mientras estacionamos, abrimos el capó y tratamos de averiguar el problema, poco a poco se irán congregando a nuestro alrededor un grupo de individuos que en nuestra vida habíamos visto, y sin más motivo, empieza la charla sobre las causas del desperfecto, todos dan su opinión, alguien mete una mano al motor, otro conoce a un mecánico por aquí cerca, y mira chico… hay una licorería en frente, no la había visto.

Los venezolanos hemos logramos hasta lo impensable: convertimos los velorios en ocasiones para el jolgorio. Nadie sabe de un velorio que no haya sido escenario de chanzas y chistes. Mientras devotos y deudos dedican sus oraciones al postrero adiós del finado, al fondo del salón, apostado cerca de la máquina de café, un grupito se deshace en elogios sobre las virtudes del difunto, mientras adereza la noble infusión con otros tan nobles destilados, pero de la caña. De las virtudes pasan a sus retozos, y de estos a los desvergonzados chascarrillos sobre la vida y milagros del occiso.

Así se sabe que el jovencito que comparte gran parecido con la familia y que discretamente se acercó al féretro… no, no es de la familia, sino un hijo que tuvo por fuera con la señora de servicio; que no les dejó herencia a los hijos, porque se lo jugó todo a los gallos; y luego de cuatro cafés 18 años, afirman sin ningún pudor, y con todo el respeto que se merece el ya fallecido, que el tipo era un mala sangre y un avaro sin remedio, que condenó a toda su familia a una vida de miserias y penurias. Todo esto, mientras el Sr. Arbeláez disfruta del resto de la velada entre cuatro cirios y sin decir que esta boca es mía.

¿Y qué esperaban? Somos venezolanos.

Jesús Millán

@jesusmillan1969

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