Enamoramientos

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Cuando tenía seis años, mi mamá me sentó en una banqueta de piano. Crecí acariciando y golpeando un teclado. Cuatro o cinco días a la semana debía asistir al conservatorio. Tuve que enfrentarme desde temprana edad a los rigurosos exámenes de piano, al miedo escénico de presentarme ante un público como solista. Pasaba interminables horas practicando mi instrumento. Sin embargo, yo amaba mi música. Así pasaron algunos años, mi niñez y mi adolescencia. Llegué a completar una extensa carrera musical y me convertí en profesora de piano. Para ese entonces, ya estudiaba arquitectura en la Universidad Simón Bolívar. Llegó a mi vida la pasión por el diseño, acompañada de trasnochos, de interminables entregas, de estrés, de gastritis. Había escogido una carrera por demás exigente, sin embargo amé la arquitectura. Me gradué. En ese tiempo conocí a un príncipe azul, lo amé con locura y me casé. Vinieron mis dos hijos y con ellos el amor más grande. Con cierta melancolía, colgué mis títulos para ser mamá, pero con la convicción de que mis hijos me necesitaban a tiempo completo. También amé ser mamá a tiempo completo.
Ejerciendo mi profesión de madre, trataba siempre de conseguir algo de tiempo para ejercitarme. En algunas épocas más, en otras menos. Algunas veces en el gimnasio, otras en una cancha de tenis. En ese afán por quemar calorías, comencé a asistir a una de esas clases de gimnasio donde se sueltan  puños y patadas al aire al ritmo de la música.

Después de unos cuantos años entregada a mis hijos, decidí tomarme de nuevo un poco de tiempo para mí. Me inscribí en clases de Karate, asistí a unas cuantas clases y me gustó la cosa. Seguí con la idea de mejorar mi técnica. Me certifiqué como instructora. Entonces, con 43 años de edad, y cuando pensaba que mi cuota de amores y enamoramientos ya estaba completa, surgió esta nueva pasión. Aprendí  un nuevo estilo de vida. Conocí el respeto en su máxima expresión, a pesar de manejar herramientas de defensa y de agresión. Me descubrí fuerte, combativa y competitiva, y sorpresivamente resulté ser buena para esto. Mis condiciones físicas cambiaron radicalmente. Viví la competencia en carne propia. Entonces amé también las artes marciales.

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Desde ese tardío pero muy temprano descubrimiento, ya han pasado siete años. Definitivamente nunca es tarde cuando la dicha es buena. Hoy soy cinturón azul en Karate libre, cinturón amarillo en Karate Do, y con varios trofeos en mi haber. Entreno a diario religiosamente y cuento las horas para mí próximo entrenamiento. Conocí las artes marciales y me enamoré perdidamente. Me enamoré como me había enamorado de mi piano, de mi arquitectura, de mi príncipe azul y de mis hijos. Hoy doy gracias por tanta pasión, tanto enamoramiento, tanto amor.

Natalie Belfort

Ser tan sutil,  delicada,  cariñosa. Estar de punta en blanco, ser ruda tira coñazo, eso no se ve todos los días. Mi hermana tiene todas esas cualidades además de cocinar rico y hacer lo que se tenga que hacer. Es mi hermana, mi mejor amiga. Ese mujerón de alma, energía y fuerza, es de esas SIN CUENTA que nada la frena. Y por cierto sabe de todo, pregúntale lo que quieras. Desde el medio Oriente hasta el medicamento y su genérico, desde el nombre de  cualquier actor (y no de antaño, actual) hasta de economía, de deporte… Es una linda chica Sin Cuenta.

 Ani O.

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