El Guitarrista

guayasamin-10

La música fue una constante en la vida de sus padres. Se conocieron y enamoraron con la música como escenario. Cantante lírica su madre. Músico percusionista y compositor  su padre. La música era otra integrante  de la familia.
Fue una constante desde su concepción, desde el vientre materno fue rodeado por acordes y notas. Clásicas,  románticas,  las de su madre; swing, jazz o salsa los ritmos de su padre. Pero igual tango, cumbia, flamenco, bachata o funk, no hubo prejuicio musical.
Cuando abrió los ojos al mundo su madre le recibió con los ecos de la famosa romanza de Puccini  “E lucevan le stelle “de la ópera Tosca. Su padre le arrullaba  con “Minor Swing”  de Django Reinhardt and Stéphane Grappelli.
En sus primeros años tuvo los típicos juguetes: carros, pistas de carreras, legos. Pero su madre con intención e inducción ordenaba esos juguetes en los cajones más altos del armario, dejando regados en el cuarto para su entera curiosidad maracas, flautas y tambores.
Cuando llegó la edad de ir al colegio, llegó también la hora de  su iniciación musical formal. De la mano de su madre y con estrictos horarios llegaron las clases de piano, de teoría y solfeo y canto. Después estaban las horas con su padre, las horas distendidas de descubrimiento no planificado con ritmos alternativos, las horas de sonidos interrumpidos, rodeados por los amigos de papá, siempre músicos o si acaso pintores, actores. En tertulias y comidas donde se hablaba de todo, pero había una sola protagonista: la música.
Para su fortuna los genes musicales fueron repartidos generosamente en su anatomía. Era hermoso física y musicalmente. No tenía condiciones para el canto, pero tocaba prodigiosamente el piano, pensaba su madre. El profesor Fajardo menos parcial que su madre, reconocía que aunque no había tal prodigio, había sin duda talento. Su padre sospechaba que no era cuestión de talento, sino de instrumento y secretamente esperaba el momento en que Juan Pablo cambiase a ritmos menos académicos y clásicos.
Esas diferencias musicales respecto a su educación,  fueron las únicas discusiones que vió y oyó en su casa. Nunca hubo reparos por sus notas del colegio, generalmente regulares, ni por los reportes de las maestras por lo poco sociable que era con el resto de sus compañeros.

-. Los músicos son introvertidos, tímidos. – era la respuesta habitual de su madre ante cualquier citación escolar.  Ni los repetidos informes de la sicólogo, preocupada por lo poco adaptado que resultaba socialmente, le sacaron de ese mantra.

Su papá ni siquiera discutía estos asuntos. En verdad no les consideraba importante. Él mismo había sido siempre algo tímido. Sabía leer una partitura, tocaba varios instrumentos y estaba adquiriendo una amplia cultura musical.

-. Ya vendrían los amigos, las novias y las salidas.- opinaba su padre.

El profesor Fajardo les comentó en una ocasión que la ejecución de los instrumentos de  Juan Pablo era impecable, pero exenta de pasión.
Con tales referencias, nada era de extrañar que Juan Pablo, llegado a la adolescencia, fuese  un muchacho de casi ningún amigo, extremadamente reservado. Talentoso como mostró ser, pasó del piano materno, al Xilófono del padre, ambos ejecutados con propiedad, hasta que a los 14 años recibió de regalo una guitarra clásica. Entonces todos pudieron notar un antes y un después. La guitarra se amoldó a su cuerpo y a sus dedos. Aprendió con dedicación. Al año Juan Pablo tocaba inspirado. Era todo un espectáculo verlo estrechar la guitarra contra su cuerpo, cerrar sus ojos y tocar con arrebato. Sus padres no podían estar más satisfechos. Era realmente virtuoso, había una total conexión entre él y el instrumento. El Prof. Fajardo se sintió al fin aliviado de que hallara su instrumento definitivo. El mismo Juan Pablo con la parquedad y aspereza que lo caracterizaba le pidió que no regresase más. Consideró que no necesitaba más lecciones. Sus padres, absortos en el deleite de verle tocar con virtuosismo la guitarra, le dejaron hacer.
La guitarra sonaba a toda hora y a deshoras. Su madre lo sorprendió en más de una ocasión llorando sobre su guitarra, después de interpretar alguna pieza y no podía menos que sentirse intrigada por verle tan vehementemente apegado al instrumento. La guitarra se hizo oficio y vicio. Tocaba en fiestas privadas o hacia pequeñas presentaciones que organizaban los amigos de su padre. Siempre atraía músicos, que le invitaban a tocar con ellos,  a participar  en conciertos, pero a todos les negaba cualquier oportunidad. Tocaba solo, de forma hermosa y estremecedora y no complacía petición alguna. Siempre había conmovidos que aplaudía a rabiar. El asentía modestamente a los aplausos, y mientras los demás aplaudían él susurraba hacia la guitarra. Hablaba poco.
Incomodo ante los requerimiento de su madre –  Sigue estudiando, ten citas,  viaja –  se despidió de ellos,  ofendido y argumentando la necesidad de independencia. Tenía apenas 17 años. Se fue de la manera parca y distante como trataba a todos y que solo ellos habían obviado notar.
Para Juan Pablo su guitarra estaba mas allá de la música, esta no era más que el resultado de la relación que tenía con ella. La primera vez que tuvo conciencia de ello fue a los 15 años, cuando ya tocar la guitarra se había hecho un hábito que no controlaba. Dejaron de interesarle las pocas cosas que le inquietaban, que le gustaban o que disfrutaba. Pero a esa edad no podía definir si ese desgano era parte de su naturaleza, porque ciertamente a él pocas cosas le interesaban y no sabía por qué. Intuía que era su voraz guitarra quien devoraba sus intereses para vaciarle de cualquier atención que no fuera hacia ella. Y claro estaba ese detalle, para él su guitarra era más que un instrumento.
Se le hizo evidente el día que dejo su casa, en la alegría desmesurada que sintió cuando ya en su pequeño cuarto rentado,  tomó la guitarra y sabiendo que nadie podría interrumpirle, que estaban solos por primera vez, toco sin parar por largo rato hasta que sintió su cuerpo temblar y acabó, con un placer no conocido, nunca experimentado con tanto éxtasis.
Para mantenerse tocaba en unos bares, con bastante éxito. Aceptaba también como pago una o dos comidas y  vodka que tomaba generosamente.
La gente acudía muy entusiasmada y el público no mermaba al principio. Iban aquellos que se conmovían con su ejecución,  aquellos que aplaudían a rabiar. Iban los que simplemente disfrutaban de la buena música. Pero todos regresaban una vez y probablemente otra más, ya no para admirarle,  sino para comprobar lo que pasaba ante sus ojos, crecía  el público y crecía  el rumor y la anécdota, y es que se le hacía  inevitable al tocar, después de un rato, no correrse. No notaba el asombro en la cara de la gente, la burla y la curiosidad. El tocaba volcado sobre su guitarra y al cabo de 15 o 16 piezas, acababa sobre ella, sin exhibición, sin premeditación alguna. Y generalmente no paraba, seguía tocando totalmente inspirado. Solo él y su amante inanimada, a quien sonreía  y susurraba.
Pasada la curiosidad, llegado el morbo,  Juan Pablo perdía público y su conexión con la realidad se hacía delgada  y flexible. Lo sabía, ya comenzaba a ser consciente, la guitarra así se lo exigía.

Le pidieron no volver a alguno de los bares donde tocaba. Lo entendía. No podía evitar nada de lo que pasaba. Solo  el dueño de un bar siguió pidiéndole que se acercara una vez por semana a tocar. Era un viejo amigo de su padre, preocupado por la salud del muchacho, extravagante y famélico. Igual era un tugurio de caña barata, densamente oscuro en humo. Sus padres se acercaban a verle cada tanto, convocados por el viejo amigo. Era amargo descifrar al hijo en lo precario de su figura, delgada hasta los huesos, lo descuidado  de sus ropas. Les dolía el bizarro talento de aquel muchacho criado entre tanta música, desconectado realmente de ella, entregado a una dolorosa pasión por un objeto.

Trató de explicarles lo que pasaba, pero no sabía cómo decirles que su mundo giraba en torno a esa guitarra, que su mundo comenzaba cada día en cada curvatura de ese instrumento y terminaba cada noche en la tensión de cada cuerda. Cómo podría explicarles que cuando el tocaba, su guitarra hablaba. No quería hacerles sentir culpables. ¿De que?  El no sentía culpa alguna, no sentía que nadie debía sentirse culpable. El amaba a su guitarra. No había tragedias, ni moralejas, ni dramas, ni traumas. La amaba más allá de la música, de sus padres, de su condición misma. Solo quería tocar su guitarra, hacerla hablar para él. La música era solo lo que resultaba de todo ello, la música era para él  y su guitarra,   lo que los demás escuchaban.
Con su guitarra dormía, comía, hablaba. Era su confidente y amante. Cuando tocaba le hacía el amor. No le era extraño aquel amor, era el que tenía, era el que sentía. No lo pensaba, ni escudriñaba. Era así y ya, era así para él. No entendía porque su amor, su ejecución y su arte no eran normales.
Después de un tiempo ya no regresaron nunca más a aquel lugar: Juan Pablo dejo de ir. Fueron a verlo en su cuartucho, alertados por el dueño del edifico. No les esperaba, no se anunciaron. Llegaron con la complicidad del casero, que le había tomado cariño al chico por lo humilde  y extraño. Les llamó porque intuía en el comportamiento del muchacho que todo lo definitivo estaba por suceder. Nunca estuvo bien, él lo sabía.  Le acepto en aquella buhardilla  porque algo en la mirada de aquel joven le avisaba la pena y la desgracia de la incomprensión. Hacía muchos años que alquilaba las habitaciones de su ruinoso edificio a los incomprendidos que atinaban a acercarse allí. Les adivinaba la furia, la singularidad, el pulso cansado o la desviación en el andar.  Juan Pablo no fue la excepción, lo había visto todo.
Al llegar entraron sin que él los notara. Los acordes que él hacia brotar de aquella guitarra eran profundos y suaves, prolongados en notas hermosas. No era una melodía conocida. Sentado en una silla frente a un pequeño balcón,  Juan Pablo conversaba con su guitarra. Ella parecía hablarle. Lo que entre ellos se comentaban sería siempre un misterio para ellos y para cualquiera. Lo que podían entender, lo que oían era una hermosa melodía de amor.  La música parecía flotar, se oía densa y parecía impregnar cada objeto del lugar. Lo que en ese momento se oía, lo que el conversaba con su guitarra,  no estaba, ni quedará escrito en ninguna partitura. Ellos sabían que era algo único y valioso, una pieza inolvidable, una conversación privada, una despedida. Quedaba claro para ellos que ese momento íntimo que interrumpían, era un prolongado abrazo, un adiós convenido entre dos amantes. Un momento de intensa conexión y amor, que nadie podría entender, pero que ellos estaban presenciando y sintiendo, a través de la música que de ese amor brotaba. Juan Pablo temblaba. Era una despedida, ellos lo entendían, sería la última vez que verían a su hijo vivo. Que disminuído como estaba, consumido por aquel amor voraz y demandante, que no le dejaba ya comer, ni dormir,  no duraría mucho más. Su respiración era incluso una despedida. Tocaba,  y ya advertido de la presencia de ellos, sin ni siquiera mirarlos, rompió a llorar, compartiendo con ellos solo unos segundos de aquel tormentoso amor. De alguna manera, sin saberlo también se despedía de ellos.
Se fueron tan silenciosamente como habían estado allí, testigos dolorosos de una pasión que no podrían nunca entender, pero que alcanzaron a presenciar.

La guitarra de Juan Pablo fue subastada unos años después, a la muerte de sus padres,  adquirida por un músico, coleccionista de rarezas.
Solo pudo tocarla una vez, porque sintió  llorar sus cuerdas.

Adriana G

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s