Tiempo Desobligado

No saben lo que es para mí sentarme a escribir otra vez.
Lo he venido intentando hace varias semanas pero siempre una sin razón me aparta del teclado. Hoy luego de serios intentos desde primeras horas de la mañana, logro, ya casi mediodía, poner algo de negro sobre el blanco, que siempre asusta.
Conste que mi propio blog no tiene más entradas hace rato.
Y es que en mi medio cupón (y pico) de vida me he dado cuenta de una cosa y es que: mientras menos cosas tienes que hacer, menos tiempo tienes para hacerlas. Y, si  no se rían, una persona ocupada organiza su tiempo, se bate con el cotidiano trabajo y los hijos y los padres y esposo o esposa. Yo de todo eso tengo, hijos, tengo solo madre, esposo, pero no tengo trabajo y es por eso que tengo menos tiempo que todas ustedes juntas.
Y es que el tiempo en los desobligados como yo se aletarga, se pone denso. En pequeñas actividades se nos va el día. Terminamos enredados en citas médicas, exámenes de laboratorio y cualquier otra actividad que el pequeño hipocondríaco que muchos llevamos dentro nos
asigna.

Saco cuentas de cuantos cosas hacía apenas hace 10 años atrás y ahora lo pienso y creo que me faltarían horas del día para culminar una sola jornada de esas viejas luchas antiguas.
¿Será que ya me estoy poniendo vieja?… jamás, pero creo que esta reflexión hay que pensarla entre varias, o varios, porque veo a muchos de mis amigos hombres en la misma situación.
He leído algunas cosas, pero menos que lo que hacía antes. Confieso sí que estoy leyendo un libro al que nunca le había dedicado mas que solo pasajes domingueros y que había querido hacerlo desde que le descubrí el sabor a la lectura, o sea, desde mi adolescencia, La Biblia. La leo con dedicación de lector apasionado, la leo como católica en una segunda lectura, la leo como amante de la historia aficionado.
Junto a ella, también algunas novelas de corte histórico con ficción, siempre me ha gustado esa mezcla, abandonando un poco mis gustos necios de leer solo literatura escrita en mi idioma español, porque creo que la calidad de los traductores de ahora deja mucho que desear.
Eso me quita muchas horas del día, leo más lento que antes, con más pausas. Me quita tiempo y me acompaña, al mismo tiempo. Pero les confieso también a los puristas que estoy leyendo en mi tableta electrónica, una divinidad de Kindle, regalo de mi hijo Alfre, que sabe cuánto amo leer. Compro libros por ahí, tengo aun media docena que he descargado y aun no leo, pero he leído algunos cuantos más desde que la tengo. Sé que no reemplaza el olor y el ruido de las hojas de papel, pero me ayuda con mi vista de 2,50 de presbicia, ya que puedo cambiar los tamaños y a luz a placer.
La vida de una desobligada puede no ser interesante, pero estudiar su comportamiento creo que ha sido materia de psicólogos y psiquiatras. Uno pasa de la tristeza a la alegría, solo con un libro o una llamada. De la rabia a la tranquilidad, si aparece el plomero.
Abrazos de esta desobligada, lectora y aspirante a escritora.

 Pilin León.

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